Hoy: la mejor revista que había

El mamífero más agresivo del mundo es el tejón de la miel, un animalito con dientes que pueden destrozar puertas y garras que pueden quitarte los ojos. Su piel es tan elástica que si lo agarras por detrás puede darse la vuelta sin que dejes de sujetarle la cola para destrozarte la mano. Si mi casa se llenase de una manada de cuarenta tejones furiosos, yo entraría igualmente para salvar mi posesión más preciada. Es esta:

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Mi colección de Movielines. Movieline nació en 1985 como un folletín local sobre cine en Los Angeles. Empezó a editarse a nivel nacional en 1989. Logró suficiente entidad como para que todas las estrellas fuesen pasando por su portada, especialmente las jóvenes. ¿Para qué sacar a Harrison Ford pudiendo sacar a Denise Richards? A mediados de la década pasada, con las ventas cayendo en picado, cambió su nombre a Hollywod Life y perdió su gracia*. En 2009 cerró.

*su gracia. Ahí está la cosa: Movieline era la revista más graciosa del mundo. Nunca tuvo unas ventas estratosféricas pero mantenía publicidad de marcas de ropa, objetos tecnológicos y se podía permitir a a-list stars en su portada. Y reportajes cuidados, estilismos bonitos y maquetación elegante. Pese a esa envoltura de revista normal, fue en vida casi una revista de culto, a veces rozando el estilo de un fanzine hecho por cuatro pajilleros. Yo no la conocía de nada cuando la encontré una mañana de 1996 en un centro comercial de Lisboa, pero Jim Carrey estaba en la portada y convencí a mi padre para que me la comprase. Se me dieron los ojos la vuelta cuando la volví a ver, meses después, a la venta en un quiosco pequeño y estrecho de mi ciudad natal, pequeña y estrecha a su vez. Como yo la compraba, la quiosquera decidió seguir pidiendo un ejemplar al mes que siempre me guardaba. Era cara, cara de cojones: empezó costando 750 pesetas y acabó costando, en los últimos números, 1.040. Pero me la pagaba mi abuela. Me podría haber suscrito para que me costase aproximadamente un 99% menos, pero es que mi buzón también era pequeño y estrecho. Un catálogo del club Nintendo que el cartero dejó arrugado y roto me traumó lo suficiente como para que nunca jamás pidiese nada por correo. Un trauma que aún dura hoy en día, en que no pido ni las cápsulas de Nespresso.

Premiere (versión americana de la revista de cine francés) era el foro de cine serio que se llevaba las mejores historias y entrevistas, pero Movieline era la bastarda que hacía reportajes enteros de los asuntos más peregrinos. Hasta 1999 tuvo una sección mensual llamada Bad movies we love en la que aprendí lo único que merece la pena de la vida: diseccionar de manera divertida y lúcida algo que en su esencia es una auténtica mierda. La escribía un tipo brillante llamado Edward Margulies que se murió en noviembre 1999. En su editorial de enero de 2000, la directora de la revista, Virginia Campbell, le dedicó el siguiente párrafo en un chipirifláutico obituario:

“Celebro que el último número en el que Edward colaboró antes de morir fuese este, el especial de sexo, porque era su favorito. Edward escribió a menudo de sexo para nuestra revista, era su obsesión”.

Ojo: el especial de sexo no se llamaba The sex issue, ni nada parecido. En Movieline tenían todavía más arte titulando que Pedro J. Ramírez. El número especial de cada año dedicado a la carne se llamaba More sex than usual (¡genialidad!). También tenían el The love issue. Y el The style issue. Y el The money issue –en este último dedicaron un glorioso reportaje a “Los pobres en el cine” que decía cosas como: “Los Amish pueden parecernos unos cerdos, pero ellos saben que solo hay dos cosas que importan en la vida: las vacas y el heno”–. En la letra pequeña de la sección de cartas al director (donde optaban por publicar siempre las misivas que los insultaban y casi nunca las alabanzas) se leía lo siguiente: “¡Nos encanta recibir cartas de los lectores que sepan escribir! Nuestra dirección es tal, tal, tal”.

Movieline no solo se metía con sus propios lectores. También tenían una serie de estrellas a las que tenian una guerra abierta declarada. Otro de sus números anuales, tal vez el mejor, era el The most issue. Era un número basado enteramente en listas, la mejor de la cual era The most 100. En 1998 incluyeron el siguiente apartado:

MÁS LLENO DE MIERDA
Bruce Willis

Y unas líneas más abajo:

MÁS REACIO A COGER EL TELÉFONO A MOVIELINE EN EL FUTURO
Bruce Willis.

Y en la lista de 1999, se podía leer lo siguiente:

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¡Listas, listas, listas! Movieline basaba su contenido, casi en un 40%, en las listas, el mejor género que existe, lo más divertido de escribir y de leer. Las listas son claras, sintetizadas, informativas, visualmente actractivas y te permiten hacer casi de todo. ¿Por qué no hay listas de todo en absolutamente todas las revistas? Esa es una pregunta que nos llevaremos a la tumba. Las de Movieline eran las más divertidas. A continuación, testigo gráfico de algunas que llevaban en los titulares de sus portadas.

100mostPero no olvidemos que para escribir tan buena mierda hacían falta plumas de talento. Había mucha gente buena aquí. Estaba Stephen Rebello, que es el autor del libro en el que se basa Hitchcock, la película que se estrena el mes que viene y por lo tanto veré dentro de cinco o seis años. Estaba Martha Frankel, que escribía también para Details y New Yorker y cuya familia perdió todo su dinero porque eran –todos– adictos al juego. Entrevistó a Mariah Carey para la portada del número de agosto de 2001. Según contó ella misma años después, unas horas más tardes de la conversación a la cantante le dio esa publicitada crisis de ansiedad que la llevó a un psiquiátrico durante un tiempo.

También estaba Joe Queenan. Es el que escribió lo del heno y las vacas. Escribió otro en el que analizaba todas las películas que tienen como punto de partida a un tipo que quiere dar un último golpe y retirarse. “Es más predecible que el sabor de la tarta de manzana, pero una estructura así le daría vidilla a una de Woody Allen”. Escribió otro sobre la preocupante tendencia del cine a poner en sus películas a villanos guapos y blanditos. Otro sobre las pelucas más divertidas de los últimos 20 años en la pantalla. Otro sobre la moda de la decapitación iniciada con Seven y que inundó Hollywood a finales de los 90. “Té con Mussolini estaba bien, pero hubiese sido mucho mejor si al principio de la pelícla a Cher le hubiesen podado la cabeza”.

Y luego estaba Dennis Hensley, un pedazo de maricón que hacía las mejores entrevistas. “Hice una película sobre una competición de peluqueras” –le dijo un día lamentándose la olvidada actriz Rachael Leigh Cook–. “¿Pero quién va a ver una película sobre PELUQUERAS?”. Y le respondía Hensley: “¡¡¡Yo mismo!!!”. Dennis quería ser bailarín y en su instituto fue el protagonista de algo llamado Snoopy: the musical, algo que le debió de valer meses y meses de hostias en el quiosco de las chuches. En 1989 se presentó al casting de bailarines del Blonde Ambition Tour de Madonna y su experiencia fue traumática. Escribió una historia contando todos los detalles sucios llamada Confessions of a toy boy wannabe y la envió a todas las revistas que estaban en circulación entonces en Estados Unidos. Solo le respondieron de Movieline. Después de eso, se quedó con ellos para siempre.

Las entrevistas de Hensley y de casi todos los demás en la revista eran las mejores. Nada de preguntas grandilocuentes. ¿Sacabas buenas notas en el instituto? ¿Has probado la viagra? ¿Alguna vez te has acostado con otro hombre? ¿Es cierto que estás bien dotado? ¿Cuánto has cobrado por hacer esta película? ¿Qué te parece la persona que Time ha elegido este año como personaje del año? ¿Te sientes superior a los demás muy a menudo? ¿A ti que te parece realmente Gwyneth Paltrow? Están las entrevistas que quieren hacer un retrato fiel y certero y luego están estas, las que lo hacen de verdad. Aunque la gente suele confundirlas.

Ah, qué divertida era esta revista. En el año 2000 publicaron Teen Movieline, con la que intentaban emular a Teen Vogue y hacer una publicación de cine para adolescentes poniendo a actores y actrices guapas en todas las páginas. Una amiga tuvo a bien enviarme unos números que encontró en su ciudad, porque yo en la mía jamás la encontré.

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Un intento admirable, pero no debió de salir muy bien porque duró solo unos meses. Movieline, ya convertida en Hollywood Life, que era más aburrida, cerró en 2009, el mismo año en el que otros tipos que eran fans de la revista anunciaron su intención de mantener su espíritu en una web. Los tipos eran cuatro de los creadores de Gawker, la mejor web que existe y la única que hay que leer para saber lo que pasa en el mundo. Seguramente también crecieron leyendo la revista. Hay gente que sabe sacar más provecho a las cosas que yo.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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2 respuestas a Hoy: la mejor revista que había

  1. Eva G. dijo:

    Que aciaga fue Teen Movie 😦

  2. Eva G. dijo:

    Efimera, más bien.

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