Hoy: Florence Foster Jenkins y otros genios sin talento alguno

Para leer esta historia con el ambiente propicio hay que darle a play en este vídeo:

La voz melodiosa que destroza La flauta mágica de Mozart es la de Florence Foster Jenkins. Florence nació en una ciudad mediana de Pensilvania en 1868 y desde pequeña quiso ser famosa. Hay que aplaudir que una niña supiese entonces lo que era la fama y la quisiera para sí. Si había alguna celebridad por aquel entonces debían de ser la reina de Inglaterra, Buffalo Bill y Jesucristo. Y no quería ser famosa de cualquier modo. Quería ser cantante de ópera.

Los Foster eran millonarios. Su padre, Charles, era un banquero con 50.000 dólares en bienes inmuebles y 10.000 en el banco. Y un padre rico siempre animará a su hija a cumplir sus sueños. Pero el de Florence le dijo que no podía ser cantante de ópera porque no tenía ningún talento. El servicio se volvía loco en casa barriendo cristales cada vez que la niña se atrevía con otra aria. El señor Foster pagaba a su hija las clases de piano, pero cuando Florence le dijo que quería irse a Europa a estudiar canto lírico él le respondió que de ninguna de las maneras. Florence se enfurruñó, encontró a un médico y se fue a vivir una existencia acomodada a Filadelfia. Desgraciadamente, tras cantar ópera para él, su marido también le dijo que ni se le ocurriese volver a hacerlo. En 1902 se divorciaron.

Y en 1909, cuando ella tenía 41 añazos, ocurrió algo maravilloso: el padre de Florence se murió.

Con el dinero de la herencia se mudó a Nueva York y empezó a recibir sus ansiadas clases de canto lírico. Y también creó el Verdi Club, una asociación para ayudar a nuevos talentos de la lírica. Logicamente, para Florence el nuevo talento era Florence. El Verdi Club organizaba un montón de eventos benéficos a los que acudían millonarios de Nueva York, nobles europeos y sopranos de todo el mundo. En todos esos eventos la soprano estrella era la que ponía la pasta: Florence Foster Jenkins. Ofreció su primer show en abril de 1912, pocos días después de que se hundiese el Titanic. No estaba el ambiente para chistes, pero seguro que la gente se susurraba al oído crueles paralelismos entre ambos hechos .

OLA K ASE ERES SOPRANO O K ASE

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Florence se ponía un larguísimo vestido de tul, una corona de oropel y dos alas con plumas para cantar. Quería parecer un ángel, pero los presentes la describían como algo más cercano a un pavo asado. Siempre abría sus espectáculos con La flauta mágica de Mozart, pero su numero favorito era Clavelitos, durante el cual tiraba flores a su público desde le escenario mientras éste, entusiasmado, pedía un bis. La gente se reía, claro. Pero ella, con envidiable miopía y sordera, lo achacaba a la envidia que todos le tenían por ser rica y talentosa.

Los espectáculos de Florence se multiplicaron cuando se corrió el boca a boca de que había una señora que cantaba ópera de una manera absolutamente innovadora y chirriante. Pero no cualquiera podía ir a ver un show de Florence. Dejando a un lado a poderosos y gente del mundo del arte, si alguien de a pie deseaba verla tenía que someterse a un examen. La mujer que no alcanzaba ni una nota y cuya pronunciación de francés y alemán hacía arder bibliotecas desde Lima a Pekín dejaba muy claro que sus shows eran para gente que realmente amase la ópera. Los aspirantes a ser parte del público tenían que presentarse en su suite del hotel Seymour de Manhattan, responder a sus preguntas y ser aprobados personalmente por la artista. Una vez superado esto y tras abonar 2,50 dólares, estaba dentro.

Le iba tan bien cantando tan mal que empezó a organizar un concierto anual en el hotel Ritz-Carlton. Solo podían entrar 800 personalidades escogidas por Florence. Cada año la policía acudía a la puerta a desalojar a los cientos de neoyorquinos que querían presenciar aquello que la gente describía como el espectáculo más tronchante del mundo. En 1943 sufrió un accidente en un taxi y se convenció de que, debido al impacto, sus notas sonaban mucho más altas y perfeccionadas. Le envió al taxista una caja de puros habanos como agradecimiento por haber estampado el coche contra una farola.

En 1944 llenó el Carnegie Hall. Las entradas se habían agotado semanas antes. Fue el 25 de octubre, justo un mes antes de morir con 76 años. Feliz como unas castañuelas, imagino. Ella dijo poco antes de morir: “Muchos dirán que no canto bien, pero nadie podrá decir que no canté”. Los que la conocían dijeron que nunca habían visto a alguien tan feliz con su trabajo. No tuvo descendencia y dejó toda su fortuna al Verdi Club. Ya en vida, todos los beneficios de sus horrorosos conciertos iban destinados a obras benéficas.

Hay muy pocas grabaciones de las óperas de Florence. Las que se editaron tienen nombres crueles, como Murder of the high CsThe Glory (????) of the Human Voice (así, con interrogaciones).

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La falta de talento, a secas, provoca pena. O peor aún, indiferencia. Pero cuando se une a una voluntad de hierro y una ceguera total, una disociación casi esquizofrénica de lo que eres realmente y lo que la gente ve en ti, crea una figura muchísimo más interesante que la que existiría si tuvieses talento de verdad. Probablemente Florence ni tendría entrada en Wikipedia de haber sido otra soprano correcta que cantaba en Manhattan en los años 30. Triunfar en algo que se te da terroríficamente mal –que no regular ni medio bien– te hace parte de una milicia que planta cara al sistema y se caga en las altas esferas intelectuales. Florence no solo se cagó en todos los críticos, sino que luego los acabó haciendo adeptos a sus shows.

Todos son héroes a su manera. Miren a Ed Wood. O a Jacqueline Susann, una escritora mediocre que, atendiendo a la versión de los que tenían que editar sus novelas, no sabía puntuar y dejaba líneas de diálogo inacabadas como indicando: “y tal”. Según contaban, era algo así:

–Vete de mi casa, no te quiero………. (y tal).

Y cuando publicó El valle de las muñecas vendió treinta millones de ejemplares. Las élites la odiaban. Truman Capote y Gore Vidal la insultaban en televisión. Esa señora había conseguido que la gente burra leyese. ¿Cómo se atrevía? Florence había conseguido que la gente se lo pasase realmente bien escuchando a Mozart. ¿Cómo osaba?

Contemporánea de nuestra Florence fue Amanda McKittrick Ros, una escritora realmente fistra incapaz de escribir una oración legible, pero amante de la pompa y las palabras multisilábicas por encima de todo. Las editoriales le devolvían todos sus manuscritos, pero su marido autoeditó una novela suya en 1898 como regalo de bodas. Según la leyenda, C.S. Lewis y Tolkien la descubrieron y organizaron competiciones para ver quién podía leer en alto el mayor número de líneas sin tener que detenerse por un ataque de risa.

Aquí tuvimos a… Tamara Seisdedos. Tendrán que personarme el salto temporal y cualitativo. No tenía ni idea de cantar, eso lo sabían hasta en Kurdistán. Pero qué ganas tenía de hacerlo. Se gastó tres millones de pesetas en grabar una maqueta en su País Vasco natal en el 93. Se paseó por Madrid durante años llevándola a las radios. No pasó nada. Y de repente un día inauguró una frutería, la oímos cantar en la tele y supimos que había que estar a sus pies. Llenaba sitios de gente que se reía de ella, pero ella lo llamaba envidia. ¿Y por qué había que estar a sus pies?

Porque la gente que no lo estaba era realmente asquerosa.

Ahora la pobre es carne de unos cuantos estilistas, fotógrafos y productores eurodance que han destrozado su magia, qué se le va a hacer. El mass media contemporáneo ha matado este subgénero de artistas a los que le falta talento y les sobra talante porque ahora la falta de talento es un valor, así que todo el mundo lo busca. Ya sabemos quienes son. Gente que intenta ganarse sus visitas en Youtube cantando fatal o celebridades de serie Z que graban videoclips de un hortera autoconsciente. No merecen ni enlaces. Algunos incautos se lo tragan, pero usted, lector, y yo, no. La falta de talento tiene que unirse a la ceguera para resultar atractiva. No puede haber ironía ni intención de divertir. Al final solo se divierten ellos.

Y para acabar esta quijotada está Cindy Chang. Cindy Chang es todo lo contrario a Florence Foster Jenkins. Si quieren pueden ver este vídeo, pero si no, yo lo resumo después del inserto.

Cindy Chang, de 42 años, se presentó al casting de America’s got talent el año pasado diciendo que era un ama de casa que quería triunfar en el mundo de la ópera. Salió al escenario y soltó varias frases hecha. “¡Soy muy tímida!”. “¡Mis padres nunca me dejaron cantar ópera!”. “¡Mi familia no sabe que estoy aquí!”. Tras entonar el O Mio Babbino Caro todo el mundo se quedó muy impresionado (aunque después de oir a Florence cualquier soprano nos parece un coñazo, claro). Se llevó la bendición de los tres miembros del jurado.

Resulta que poco después se descubrió que Chang no era un ama de casa sino una cantante lírica con una larga trayectoria que había cantado en Broadway con Patti LuPone e incluso aparecido en dos películas de Hollywood. En un mundo ideal Cindy, la que sabía cantar y decía que no, y Florence, la que no sabía y decía que sí, se hubieran intercambiado los papeles y se lo hubiesen pasado bomba. Lo que hizo la primera es la verdadera falta de talento en 2013: no saber que Internet sirve tanto para hacerte famosa subiendo tus vídeos como para desenmascararte buscando tu currículum.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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3 respuestas a Hoy: Florence Foster Jenkins y otros genios sin talento alguno

  1. Ra dijo:

    Menuda zorra/boba, Cindy Chang.

  2. Eva G. dijo:

    A mi me apasiona la gente que se inventa vidas. Fan de Cindy!

  3. olalla dijo:

    Bravo!!!!!

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