Hoy: Samantha Smith

Esta es Samantha Smith:

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Samantha Smith tenía 10 años en 1982 y vivía en una bonita casa de Manchester, Maine, con jardín, porche y perro. Era hija única y se aburría bastante. Veía mucho la televisión y revolvía entre las revistas de sus padres, muy listos –profesor de Literatura en la universidad y trabajadora social–, que se compraban la Time cada semana. En aquel año las portadas de Time eran así:

0,9263,7601820329,00Una noche de noviembre de 1982 vio en la televisión un reportaje sobre la guerra nuclear en el que un experto –cuyos libros de texto seguramente habían sido roídos por un hámster justo por las páginas que hablaban de la Segunda Guerra Mundial– comentaba que las armas nucleares nunca harían que un país ganase sobre otro y sencillamente destrozarían la atmósfera y la vida humana. Samantha quería ser periodista cuando se hiciese mayor, pero temía encontrarse todos los buzones derretidos por la radiación nuclear cuando se acercase a uno a depositar su solicitud para estudiar en Yale.

Al día siguiente se levantó preocupadísima y le preguntó a su madre quién era el miserable que querría empezar una guerra nuclear y destruir el mundo. Su madre, sin dejar de freír el bacon, se limitó a mostrarle esta revista:

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Era Yuri Andropov, recién elegido secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética.

–Pregúntale a él –espetó su madre.

Y Samantha lo hizo. Le escribió una carta. No era la primera, a Samantha le encantaba escribir cartas a los líderes mundiales. A los cinco años ya había escrito una a la reina Isabel II de Inglaterra para decirle cuánto admiraba su valor, a la que los secretarios de Palacio respondieron diciendo algo así como: “Queridísimo/a niño/a SAMANTHA SMITH, tu carta en concreto ha llenado de alegría a su Majestad”.

La que le envió a Anropov tenía un tono menos elogioso. Le escribió lo siguiente:

Estimado Sr. Andropov:
Me llamo Samantha Smith. Tengo diez años. Le felicito por su nuevo puesto. Estoy muy preocupada pensando en la posibilidad de que Rusia y los Estados Unidos se involucren en una guerra nuclear. ¿Votará por la guerra o no? Si la respuesta es no, por favor, cuénteme cómo ayudará a evitar una guerra. Esta pregunta no la tiene que responder, pero me gustaría saber por qué quieren conquistar el mundo, o al menos nuestro país. Dios hizo el mundo para que viviéramos juntos en paz y no para pelear.
Atentamente,
Samantha Smith

Andropov no le respondió y Samantha se olvidó de la carta.

Hasta unos cuatro meses después. Samantha estaba en clase cuando la secretaria del director entró para anunciar que tenía al teléfono a un tipo de Associated Press que quería hablar con la alumna Samantha Smith. Ella respondió que tenia que ser una equivocación, pero la secretaria se la llevó a su despacho y le preguntó con los ojos muy abiertos:

-¿Has escrito una carta A YURI ANDROPOV???

Pasó el teléfono a Samantha. El tipo de Associated Press le dijo que tenía delante un ejemplar del Pravda, el periódico oficial del Partido Comunista, con un artículo dedicado a la carta recibida de una niña de Manchester, Maine, llamada Samantha Smith. Resulta que la carta nunca había llegado a Andropov, pero se ve que alguien del partido la encontró lo suficientemente interesante como para que millones de soviéticos la leyesen.

El padre de Samantha consiguió en su Universidad una copia del Pravda y pidió a uno de sus compañeros de filología que le tradujese el artículo dedicado a su hija. Su colega le dijo que, como introducción a la carta, el periódico había publicado la siguiente frase: “Creemos que se puede perdonar a Samantha por sus ideas equivocadas, ya que solo es una niña de diez años”. A Arthur Smith no le pareció muy bien que tomasen a su hija por una chiflada, así que la animó a escribir al embajador soviético en Estados Unidos, Anatoly Dobrynin, exigiendo una respuesta de Andropov. La niña lo hizo. En su carta le dijo: “Creo que mis preguntas eran buenas. No importa que tenga diez años”.

La respuesta de Andropov llegó al buzón de los Smith a las ocho de la mañana del 26 de abril de 1983. Decía lo siguiente:

Estimada Samantha:
Recibí tu carta, que es como tantas otras que me llegan a menudo de tu país y otros países del mundo. Creo que eres una niña valiente y honesta, parecida a Becky, la amiga de Tom Sawyer en el famoso libro de tu compatriota Mark Twain. Este libro es muy conocido y querido por todos los niños en nuestro país.
Dices que estás ansiosa por saber si habrá una guerra nuclear entre nuestros países y me preguntas si estamos haciendo algo para evitar la guerra.
[…] Sí, Samantha, nosotros en la Unión Soviética tratatamos de hacer todo lo posible para que no haya guerras en la Tierra. Esto es lo que quieren todos los soviéticos. Esto es lo que nos enseñó el gran fundador de nuestro Estado, Vladimir Lenin.
El pueblo soviético sabe muy bien cuan terrible es la guerra. Hace cuarenta y dos años, la Alemania nazi, que buscaba dominar el mundo entero, atacó a nuestro país, quemó y destruyó miles de nuestros pueblos y villas, mató a millones de hombres, mujeres y niños soviéticos.
En esa guerra, que terminó con nuestra victoria, fuimos aliados de los Estados Unidos: juntos peleamos por la liberación de mucha gente de los invasores nazis. Supongo que sabrás esto por tus clases de Historia en la escuela. Hoy ansiamos vivir en paz, comerciar y cooperar con nuestros vecinos de esta Tierra —con los cercanos y los lejanos—. Y por supuesto con un gran país como son los Estados Unidos.
En los Estados Unidos y en nuestro país hay armas nucleares —armas terribles que pueden matar millones de personas en un instante—. Pero no queremos que sean jamás usadas. […] Me parece que esta es suficiente respuesta a tu segunda pregunta: “¿Por qué quieren hacerle la guerra al mundo o al menos nuestro país?”. No queremos nada parecido. Nadie en nuestro país —ni trabajadores, ni campesinos, ni escritores ni doctores, ni mayores, ni niños, ni miembros del gobierno— quiere una guerra grande o pequeña.
Queremos la paz —hay cosas que nos mantienen ocupados: sembrar trigo, construir e inventar, escribir libros y volar al espacio—. Queremos la paz para nosotros y para todos los pueblos del planeta. Para nuestros niños y para ti, Samantha.
Te invito, si tus padres te lo permiten, a que vengas a nuestro país. El mejor momento es este verano. Podrás conocer nuestro país, encontrarte con otros de tu edad y visitar un centro internacional de la juventud a orillas del mar. Y verlo con tus propios ojos: en la Unión Soviética, todos quieren la paz y la amistad de los pueblos.
Gracias por tu carta.
Jovencita, te deseo lo mejor.
Yuri Andropov

Cuando Samantha volvió del colegio, sin saber aún de la existencia de ninguna carta, se encontró su casa rodeada de cámaras. La embajada soviética no solo había hecho llegar esa carta a casa de los Smith, sino que había enviado una copia a la prensa. Esa misma noche, el programa de ABC Nightline entrevistó en directo a Samantha en una conexión desde Washington. Personalmente me llevo mal con los niños, pero si este vídeo no derrite el corazón del lector debería ir a mirárselo.

Unos días después, Samantha cogía por primera vez un avión para irse a Los Angeles y ser entrevistada por Jonnhy Carson, el rey del late night show. Hasta entonces, solo había salido una vez de Maine para ir a visitar a sus tíos en Virginia.

Ese verano Samantha aceptó la invitación que Andropov le ofrecía en su carta para comprobar en persona que los niños soviéticos tenían ojos, nariz y piernas parecidos a los de ella. En julio se fue a pasar una semana a un campamento en la Unión Soviética, concretamente en Artek. Mientras ella llegaba al país, Andropov anunció que detendría todos los proyectos soviéticos de desarrollo de armas espaciales. Alrededor del mundo, cientos de diplomáticos estirados que llevaban años intentando apuntarse este tanto en sus currículums escupían el café del desayuno al leer la noticia en los periódicos.

Samantha nunca llegó a conocer a Andropov personalmente. Por aquel entonces ya hacía estragos en su cuerpito comunista una enfermedad renal que el señor arrastraba durante décadas y lo mató muy poco después. Pero aún así se lo pasó muy bien en la Unión Soviética. En el campamento de Artek organizaban competiciones de natación en un lago y jugaban a los sacos. Hizo muchos amigos, entre ellas Natasha, una de las pocas niñas que hablaba inglés de forma fluida. Todos ellos le preguntaban por lo mismo: por la ropa y por la música pop norteamericana. No solo conoció a niños. Valentina Tereshkova, la primera mujer que viajó al espacio, la invitó a tomar té. Una de las cosas que Samantha contó sorprendida a su vuelta fue la siguiente: “Ninguno de aquellos niños odia a los Estados Unidos”.

Volvió a su pais convertida en una celebridad. Una limusina la recogió en el aeropuerto y se recorrió todos los platós de los informativos del país. Mientras el pueblo llano de Estados Unidos y la Unión Soviética la adoraba por haberse convertido en un símbolo de la paz entre las dos potencias, la intelectualidad miraba con recelo pensando que era un instrumento de los soviéticos para ganarse la confianza de los Estados Unidos y que la jugada del campamento de Artek había sido una pantomima para la que el Kremlin había enviado a los niños de la clase alta soviética. Una periodista de la NBC le preguntó a Samantha si se sentía utilizada como propaganda y la niña le preguntó qué quería decir esa palabra. Algunos periódicos sensacionalistas llegaron a afirmar que la KGB llevaba vigilando a los Smith en Maine desde que su carta había llegado al Kremlin y habían elegido a la niña por su aspecto cándido para desviar la atención de sus planes para destrozar la civilización americana. Pero el padre de Samantha lo desmintió diciendo que la embajada soviética en Estados Unidos le había pedido permiso para difundir en la prensa la respuesta de Andropov. Si él se hubiera negado, aquella carta se hubiese quedado únicamente entre el Partido Comunista Soviético y el cajón de juguetes de su hija.

Disney Chanel pidió a Samantha en 1984 que protagonizase un especial llamado Samantha goes to Washington, en el que la niña entrevistó a los candidatos demócratas a las elecciones de ese año (en las que acabó arrasando el republicano Reagan). Pero la maquinaria de Hollywood ya había empezado a funcionar y quería aprovechar su popularidad para hacer de ella la nueva Tatum O’Neal, no la nueva Barbara Walters. En 1984 tuvo un papel episódico en la sitcom Charles in Charge, que dejó muy contentos a sus creadores. Ese mismo año aceptó ser la protagonista absoluta de su propia serie, Lime Street. Durante esa época empezó a tener a su primer acosador: un chavalito llamado Robert John Bardo de solo 15 años obsesionado con ella que fue detenido por la policía cerca de la casa de Samantha. La detención no duró mucho y pronto lo dejaron en libertad. En 1989 Bardo sí logró encontrar a la que era su nueva obsesión, la actriz Rebecca Schaeffer –que le recordaba a Samantha– y asesinarla de un disparo en el pecho en su casa.

Samantha grabó el piloto de Lime Street en marzo de 1985. Era una telecomedia de investigadores en la que Smith interpretaba a la hija de Robert Wagner –el viudo de Natalie Wood y eterno sospechoso de su muerte cuando se ahogó en 1981– y viajaban por el mundo investigando misterios. El cuarto episodio se desarrollaba en Londres. EL 25 de agosto de 1985, cuando quedaban días para el estreno de la serie, Samantha y su padre cogieron un avión con otras seis personas del equipo en Londres para volver a Maine. Se estrelló muy cerca del aeropuerto al chocar contra unos árboles. Fallecieron todos los pasajeros. Samantha tenía trece años.

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Se podría decir que en la Unión Soviética lloraron más a Samantha que en su propio país de origen. Emitieron un sello con su rostro para celebrar su figura como embajadora de la paz. Nombraron a un diamante que se descubrió poco después de su fallecimiento con su nombre. Y en Siberia, una montaña se llama Samantha Smith. Los productores de Lime Street se volvieron locos pensando en cómo sortear la muerte de Samantha. Pero tuvieron suerte: pese al morbo que tenía ver a la joven fallecida, la serie se hundió en los índices de audiencia porque se emitía a la misma hora que una nueva telecomedia sobre cuatro señoras que comparten casa llamada Las chicas de oro. Se canceló tras emitir los cuatro episodios en los que aparecía Samantha.

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Precisamente los guionistas de Las chicas de oro quisieron rendir homenaje a Samantha y en su tercera temporada se emitió un magnífico episodio en el que Rose, preocupadísima por los efectos de una guerra nuclear, escribe una carta a Mijhail Gorvachov. Poco después unos emisarios rusos aparecen llaman a la puerta con un equipo de televisión para conocer a Rose, cuyo lenguaje y tono han interpretado como el de una valiente y vivaz niña de diez años. La carta de Rose decía así:

Querido señor Gorbachov,
mi nombre es Rose Nylund. Le escribo porque estoy muy preocupada por la guerra nuclear. He leído que existen suficientes bombas como para volar el mundo entero cien veces y me da miedo. También da miedo a las chicas de mi grupo de girl scouts. Hablan de lo que les gustaría ser si se hacen mayores, no cuando se hagan mayores. Por eso le pido, por favor, que desactive sus bombas. Apuesto mi último dolar, o en su caso su último rublo, que si usted llama al presidente Reagan él hará lo mismo. Simplemente, alguno tiene que ser el primero.
Gracias.
Su amiga Rose Nylund.
PD – No llame al presidente por la tarde, he oído que la dedica a echar la siesta.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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2 respuestas a Hoy: Samantha Smith

  1. Ra dijo:

    A tenor de esa portada de Time con “Richard Pryor, el regreso de una estrella”, conviene recordar las palabras de la viuda de Pryor en “El encantador de perros”: “El amor de mi perrito Blablá me ha dado una emoción que jamás había sentido yendo de compras por Rodeo Drive ni con la cocaína”.

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