Hoy: Barney Clark

Barney con su señora, Una Loy

Barney con su señora, Una Loy

En 1980 un dentista de Seattle llamado Barney Clark se prejubiló para disfrutar de su familia y de la vida. En 1981 le diagnosticaron cardiomiopatía, una enfermedad que hace que los músculos del corazón se debiliten. Se agotaba si daba los cinco pasos que separaban su cama del cuarto de baño. Su única salida era un trasplante, pero en Estados Unidos no te ponían entonces un corazón nuevo si tenías más de 50 años. Barney tenía 62. Poco antes de las navidades de 1982 le dijeron que le quedaban dos horas de vida. Y un día después se convirtió en una celebridad mundial.

Por orden. El 1 de diciembre le dijeron a su esposa, Una Loy (¡qué nombre!), que su marido no viviría para ver anochecer. Y entonces apareció, como recién bajado de una nube, William DeVries. Era un cardiólogo espigado, elegante y repeinado que le habló de algo llamado Jarvik-7. Era una maquinita hecha de plástico, metal y cables cuyas piezas se engarzaban con el mismo velcro con el que se pegan las hombreras a las chaquetas. Se la había inventado un tal Robert Jarvik que, digo yo, debió de fracasar seis veces antes de dar con la fórmula mágica. DeVries se había interesado por el invento y llevaba tiempo probándolo en animales. Consiguió que algunas vacas viviesen durante muchos meses sin un corazón.

Me siento extraña

Me siento extraña

DeVries era considerado un doctor un poco excéntrico que, entre otras cosas, operaba escuchando rock. La burocracia hospitalaria nunca le había dejado probar la Jarvik-7 en ningún ser humano, pero algo cambió ese día. Tal vez porque ahora el paciente también había sido doctor, y por saber que su tiempo de vida se contaba en minutos, Barney firmó todo tipo de papeles eximiendo al Hospital Universitario de Utah de responsabilidades si la máquina hacía que su organismo explotase en mil pedazos. Aceptó, en resumen, convertirse en el primer hombre que estaba dispuesto a vivir sin corazón. De forma literal, entiéndase. Hombres sin corazón habitan entre nosotros desde el amanecer de los tiempos, nos gobiernan y nos sirven café.

La operación tuvo lugar ese mismo día. Duró ocho horas y el doctor necesitó a catorce asistentes. A petición de éstos, ese día no escuchó rock, sino el Bolero de Ravel. Era este. Sería bonito escucharlo mientras sigue la historia.

Antes de dormise, Barney dijo a los doctores:

-No creo que vaya vivir más de un par de días con esto.

Y todos asintieron para darle la razón con simpatía. DeVries quitó el corazón a nuestro querido Barney y le puso dos válvulas artificiales. Las válvulas iban unidas por cable a un compresor de aire que mantenía el invento vivo y descansaba en el suelo.

El compresor tenía el tamaño de una lavadora y pesaba 180 kilos.

Barney no falleció esa noche ni ninguna de las siguientes. El 6 de diciembre pudo sentarse en su cama de la Unidad de Cuidados Intensivos y mover las piernas. El 20 de diciembre se pudo poner de pie. El 31 de diciembre celebró la Nochevieja con su familia alrededor de su cama. El 22 de enero festejó su 62 cumpleaños con el personal de la clínica. El 15 de febrero, tras 65 días en la UCI, fue trasladado a planta y disfrutó de su propia habitación. Solo duró un día allí: el 16 tuvo que regresar por complicaciones en riñones y pulmones. El 3 de marzo dio su primera entrevista televisada. El sonido del compresor, que sonaba como el latido de un corazón, se escuchaba casi más alto que su voz. Le preguntaron cómo se sentía. Él dijo que no era “demasiado desagradable”.

Pero cuando no estaban las cámaras delante, al menos según algunas crónicas, Barney sufría abundantes hemorragias, el sistema exigía continuas operaciones para cambiar piezas que fallaban y pasaba gran parte del tiempo sin conciencia. Cuando la recuperaba, según esas mismas crónicas, pedía que le dejasen morir.

Se murió el 24 de marzo por deficiencias respiratorias y renales, infecciones, presión pulmonar y fiebre. Habían pasado 112 días. Su esposa Una y sus hijos recibieron cartas de solidaridad de todo el mundo. Barney había aceptado malvivir durasnte tres meses más para que aquel trasto del tamaño de una lavadora salvase otras vidas. De hecho, en un acto lleno de proverbialidad, el Jarvik-7 siguió funcionando perfectamente durante horas después de su muerte, hasta que el doctor DeVries lo apagó.

José María Carrascal estaba ese mismo día en Nueva York, hablando de hombres cin co

Hablando de hombres sin corazón, José María Carrascal estaba ese mismo día en Nueva York

El siguiente señor que se prestó al experimento duró 620 días vivo. Hoy nadie puede vivir con un corazón artificial todavía, pero una máquina muy parecida a esta (y que ya pesa menos que una lavadora) permite que cualquiera pueda estar tan ricamente ingresado en un hospital provincial mientras espera a que aparezca un corazón metido en una nevera portátil. El señor DeVries también se convirtió en una celebridad y apareció en la portada de Time.

Un partidazo

Un partidazo

En 1982 las cosas de la sangre parecían preocupar mucho al ciudadano medio. En plena psicosis del SIDA, la idea de poder vivir sin el órgano que la gobierna debió de parecer todo un ritual de purificación. A mí me lo pareció cuando leí esta historia hace dos meses durante una de las madrugadas que pasé en la sala de espera de un hospital, en una planta en la que la gente también suele estar atenta a que llegue un órgano vivo dentro de una nevera o a que alguien invente el mecanismo perfecto para sustituirlo. Pero aquello tampoco terminó bien.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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