Hoy: víctimas

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¡Víctimas! Qué concepto tan misterioso. ¿Cuál es el nivel de daño u ofensa hacia la persona de uno para que le den el título? En principio hacerse la víctima a nivel particular está bien. Hay una canción muy bonita de Cerys Matthews que dice: “Tienes que admitir que has estado llorando, nosotros somos los únicos que podemos demostrar que estamos tristes y solos”. Con una piña colada de por medio, contar eso está muy bien. Hagámoslo todos.

Pero luego está la gente como Holly Brockwell.

Pobre Holly, debe de ser una bellísima persona. Pero resulta que un día estaba en su casa y vio un anuncio de Hyundai que no encuentro por ningún lado para pegar aquí porque ha sido censurado. En el anuncio un hombre cierra la puerta de su garaje, se mete en su coche, lo pone en marcha y espera a morir consumido por el humo envenenado que emite el tubo de escape. Tras una elipsis temporal, vemos un plano general de la casa (una de esas americanas, perfectas, indistinguibles de otras), la puerta del garaje abriéndose y al hombre salir con una mezcla de derrota y desesperación. Una voz en off nos informa entonces de que el nuevo Hyundai es el coche que menos gases tóxicos emite a la atmósfera. Nuestro atribulado amiguito había elegido el coche equivocado para acabar con su vida.

Holly es una ejecutiva publicitaria que, según ella, ha trabajado en muchas cuentas de automóviles. Concretamente, trabajó un año entero en Honda. Pero cuando vio el anuncio no vio esa obra maestra de la publicidad con garra y mala uva que vi yo antes de que lo censuraran. Ella, muy al contrario, se puso a llorar sin remedio. ¿Por qué?

Porque su padre se suicidó de esa manera cuando ella era una niña.

Es una historia terrible que Holly ilustra con una foto de su padre y también con la nota de suicidio, que yo no voy a robarle para poner en este blog porque me parece muy feo (y eso que lo robo todo, desde las fotos hasta las ideas). Si viera a Holly me gustaría darle un gran abrazo por lo que le sucedió. Pero lo que hizo a continuación, puede que aún con lágrimas en los ojos o ya sin ellas, fue dirigirse a su blog y redactar una misiva iracunda contra Hyundai.

“Lo que no entiendo –escribió Holly– es por qué un grupo de extraños han hecho que rompa a llorar solo para venderme un coche. Por qué me han tenido que recordar ese horrible momento en el que supe que jamás volvería a ver a mi padre, y todos los momentos que él no ha pasado conmigo. Aquella fiesta de cumpleaños. El día de las notas. Mi graduación”.

Ah, Holly. Podríamos discutir con ella sobre quién es el culpable real de sus lágrimas y yo me inclinaría que es más bien su padre, que eligió morirse en un acto de egoísmo sin precedentes. Claro que quién sabe qué pasa por la cabeza de un suicidio. Está lleno de dolor y el dolor nos hace egoístas, bla, bla, bla. Pobre señor y pobre Holly. Puedo comprender su rabia y puedo comprender que en ese preciso momento la manifestó contra una multinacional japonesa que fabrica automóviles.

Lo que ocurrió después es que la carta se hizo viral. Y que Hyundai censuró ese fantástico anuncio.

Así, de repente. Porque a Holly, una joven ejecutiva de cuentas de Londres, el anuncio le trajo terribles recuerdos. La furiosa masa de la red, tal vez el ente de peor ralea que ha nacido en los últimos años, apoyó a la joven, un corderito degollado que lloraba echando de menos a su padre porque un montón de japoneses desalmados le recordaron aquel día gris en el que decidió meterse en el garaje para no volver.

Pongamos ahora que la madre de un niño de Estepona que se murió haciendo surf ve el anuncio de Cola Cao en el que el repelente niñito canario Yael quiere hacer surf como los mayores. Pongamos que eso le recuerda a aquel fatídico día en el que tuvo que elegir un féretro tamaño uno cincuenta, y a su primer cumpleaños sin él, y al día en que el niño tenía que haber terminado la primaria. Me pregunto qué pasaría si el mundo se moviese alrededor de los sentimientos de impotencia, rabia o dolor que nos invaden cada vez que vemos un mensaje audiovisual que nos recuerda a un acontecimiento aciago. Es que no nos quedaría ni la carta de ajuste, porque seguramente algún pobre señor de Nueva Zelanda se murió de un ataque al corazón mientras jugaba al Twister con sus hijos. Yo mismo, al cabo del día, veo unos cuatro o cinco mensajes que encogen mi corazón durante unos minutos y por ahora no he escrito una carta a nadie.

¿Y por qué?

Porque me tengo que joder. Y Holly también.

Ahora al mundo lo vuelve el victimismo. Y todos sabemos qué es eso. A todos nos rodean cinco o seis victimistas profesionales dispuestos a dejarnos claro que su mal es mucho peor que el nuestro. Uno aguanta eso con estoicismo porque los victimistas en cuestión suelen ser nuestros novios, amigos, hermanos o padres. Pero ahora Holly, de Londres, que nunca me ha pagado una caña y no ha conocido a mi gata, me ha trasladado su victimismo y me ha privado de volver a ver ese anuncio fantástico. Y  eso ya es demasiado.

¡Víctimas! Están por todas partes y nos amargan la existencia. No sé si recordáis aquella intervención delirante de Manuela Trasobares en una televisión autonómica en la que, antes de romper unos vasos y ponerse a cantar ópera, decía “Yo no creo en las víctimas. Las víctimas son la parodia de la sociedad”. Me di cuenta de la maestría de esa frase cuando iba por unos cien visionados en Youtube. Porque los vídeos de transexuales iracundas hay que verlos cientos de veces. Están llenos de pequeños detalles que se te escapan las cincuenta primeras, de pequeñas lecciones sobre la vida que han aprendido a base de recibir hostias de un cliente cuando eran putas en un callejón, y no a base de ver anuncios de Hyundai en el televisor de plasma de su casa de barrio de clase media-alta de Londres.

¡Víctimas! Que alguien se presente como una víctima es tan absurdo como que alguien se queje de tener dos piernas, las mismas que tenemos el 99% por ciento de la población menos Oscar Pistorius y algunos más. ¿Quién no es una víctima de algo? Hay un momento que me enciende especialmente que es ese momento de una conversación televisada con una celebridad marica en la que frunce el ceño, mira hacia abajo y confiesa:

-Lo pasé muy mal de pequeño. Me insultaban.

¿Y a quién no han insultado en el colegio, amiguito? ¿A quién no han insultado por maricón, por bollera, por gordo, por bajo, por alto, por delgado, por tener una quemadura en el cuello, por haber nacido con un labio leporino, por no saber andar en bicicleta o ser incapaz de superar en Gimnasia la prueba del kilómetro en tres minutos? Tal vez porque soy yo mismo manflorita el victimismo gay me repugna, me hace pensar que estamos quedando ante el mundo como si fuésemos una pandilla de borregos buscando un abrazo paternalista de aún no sé muy bien quién.

Bueno, sí, de unos cuantas personalidades políticas y sociales dispuestas a dárnoslo a cambio de arañar votos, popularidad, ventas de discos o clics en sus cuentas de Youtube. Y dispuestos, por tanto, a rasgarse las vestiduras ante la NADA.

Los blogs escritos por gays activistas, o las columnas de opinión de revistas dirigidas al sector, son un ejemplo de infamia llorica. Una especie de tribuna donde se buscan enemigos, nunca responsables, y donde todas las palabras son susceptibles de provocar hondísimas heridas en la conciencia colectiva de los maricones. Para este tipo de blogs, un chiste sobre “pegar el culo a la pared” es una afrenta homófoba. Para este tipo de blogs, la palabra “marica” o “bollera” es un insulto directo y digno de cárcel si no sale de la boca de otra marica u otra bollera.

Isaiah Washington, uno de los intérpretes de Anatomía de Grey, llamó “maricón” a su compañero de reparto T. R. Knight, que es efectivamente maricón. Nunca supimos en qué circunstancias. Lo único que supimos es que la cadena ABC lo echó de la serie inmediatamente.

LO ECHÓ DE LA SERIE, AMIGUITOS.

¿Defiendo yo que Isaiah llamase maricón a T.r.? No. Yo defiendo que T.J., como respuesta, le dijese, apelando al mismo punto bajo que Isaiah, “cállate, negro de mierda”, o le simplemente le propinase un puñetazo si le apetecía. O simplemente pasase, porque “maricón” es una palabra. ¡Una palabra! Una palabra, de hecho, que todos los maricones hemos oido ya tantísimas veces en el colegio que debería haber perdido cualquier tipo de efectividad, igual que el café recién hecho pierde su intensidad a los diez minutos.

¿Qué hizo Isaiah? Ir a la tele a decir:

-Me han echado porque soy negro.

Vamos, otro gilipollas victimista.

Claro que hay gente realmente homófoba, pero es que la homofobia es jodida, jodida, pero jodida de verdad. Es el odio visceral al maricón, el deseo de que no exista. Veo la homofobia como algo auténticamente satánico e insano. Y precisamente por eso no tildo de homófobo a cualquiera, o a cualquier acto o comentario que no me dore la píldora.

¿Que no te parece bien que los gays se puedan casar? Pues no eres un homófobo, simplemente eres un poco anticuado y ya lo acabarás aceptando si te apetece. Y si no te apetece te tendrás que joder. ¿Que tu partido ha puesto un recurso contra el Constitucional para acabar con esa ley? Pues tampoco eres un homófobo, solo eres un poco pesado y tienes demasiado tiempo libre, o una escala de prioridades completamente corrupta y fistra.

El problema es que se piensan que somos gilipollas. No solo los gays, sino en general todos. Como esa gente que se rasga las vestiduras cuando una niña sale maquillada y vestida “de mujer” en una campaña publicitaria. Recordaréis, por ejemplo, la polémica de Vogue Paris por fotos así:

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Esto, dicen, pone directamente el foco de objeto sexual sobre las niñas. ¿Pero qué mirada  podría ver como objeto sexual a una niña que se ha puesto pintalabios y calza unos minitacones? Efectivamente: la misma mirada contaminada de alguien a quien le gusten las niñas de esa manera. Pero amiguitos, esa mirada sucia existirá con las niñas lleven pintalabios y tacones o lleven un peto vaquero y unas babuchas. Y disculpadme por la ordinariez, pero me atrevo a pensar que el que tiene la mirada sucia siempre preferirá la segunda opción: a una niña con peto y babuchas, a la niña inocente e infantil, no a una a la que un estilista hortera (eso hay que reconocerlo) ha decidido vestir un poco putón.

Pero sin embargo, por si acaso, por si alguien se ofende, por si en Internet una entrada en un blog se vuelve viral, por si un grupo de diez madres se manifiestan frente a las oficinas de la revista/marca de ropa que haya hecho unas fotos así… las censurarán. Para protegernos, para evitar que nuestros ojos de borregos las vean. Porque, como os decía, somos todos gilipollas.

Me gustaría que nos dieran la oportunidad un día de no sentirnos imbéciles. Y que nos dejen ver un anuncio que ha ofendido a una pobre huérfana, que podamos concluir que una niña disfrazada de mujer mayor no es nada más que eso, artificio, y que si un señor llama maricón a otro este no tenga que recurrir a las altas instancias. Que solo le responda. Y si no sabe responderle, que simplemente se joda. La vida es una jungla.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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7 respuestas a Hoy: víctimas

  1. C. P. Weiller dijo:

    Uno de los artículos más brillantes que leo en muchísimo tiempo. De hecho me falta tu capacidad de síntesis, con lo que he intentado escribir lo mismo, pero me salió un libro de más de doscientas páginas (titulado “La Tiranía de los imbéciles”) que no lo deja la mitad de claro que tu entrada.
    Enhorabuena. Es la primera entrada tuya que leo, pero me pongo con tu blog entero…
    Saludos. C. P. Weiller

  2. Alex dijo:

    Qué buen blog! Llegué de casualidad y me he leído todas las entradas. Ojalá escribas más asiduamente.
    Un saludo!

  3. Acabo de conocer su blog y estoy con la boca abierta. Genial. Bárbaro. Voy a seguir leyendo.

  4. MILL dijo:

    Muy buen artículo. Sólo un detalle, los Hyundais son coreanos. Saludos.

  5. Ani dijo:

    BRAAAAAVOOOO!!!! 🙂 Y eso que debo de ser de las pesadas que no ven claro lo de las bodas 😉

  6. Epsylon dijo:

    Desafortunado y lamentable. Si los gordos y bajos y con gafas y leporinos y lo que sea no quieren poner de su parte para detener todo tipo de bullying, es su problema. Eso no significa que no se deba seguir luchando y concienciando contra las agresiones por motivos de orientación sexual, o del tipo que sea.
    El autor es sencillamente un homófobo de armario más de los que sobran en toda hispanoamérica (España + latinoamérica).

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