Lucía Etxebarría, el flash, la telerrealidad

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¡La tele! Yo no adoro la tele solo porque adorarla sea inherente a cualquier ser humano equilibrado y con la cabeza sana, que también adora el aire fresco cuando hace calor y la cerveza fría cuando tiene sed, sino porque desde muy pequeño me di cuenta de que es un elemento aglutinador y mágico que te permite establecer milagrosas alianzas con los seres humanos que te rodean. Cuando pasé unos años cumpliendo pena en esas cárceles turcas que la gente llama el colegio y el instituto, me costaba una barbaridad encontrar nada de que hablar con mis semejantes. No porque fuese yo un ser superior y superdotado, ya me gustaría. Probablemente por todo lo contrario, por ser un pardillo con las habilidades sociales de un jerbo. Pero el asunto es que cada vez que ocurría un evento televisivo importante (que podía ir de que la Toñi intentaba meterse de nuevo en la cama de Arturo Fernández en La casa de los líos a que Vanessa volvía a hacer bullying a Ania en Gran Hermano) sabía que al día siguiente podría ir feliz al instituto a hacerme oír en los corrillos de alumnos, que por una vez no iban a hablar de un gol de Mijatovic o de cómo le olía el coño a la gorda fácil de 3ºB.

Así que crecí sabiendo que la tele no era solo una fuente de entretenimiento, era también la víspera de un buen día.

Hay gente que no tiene tele en casa. Hay gente que la considera un cacharro que transmite mensajes infectos y propaga incultura y confusión. Hay gente, la de peor calaña, que considera que en el lado contrario del espectro está un buen libro. Me encantaría saber si todos los que presumen de no ver la tele realmente alguna vez han tocado un libro. Y me gustaría saber todavía más qué libro era ese. No concibo que alguien no tenga tele en casa como respuesta a un principio ético y moral (si tiene otras razones, como que se le estropeó y nunca se acordó de llevarla a arreglar o que se la tiró por la ventana a un amante en un ataque de despecho, me parece bien). Me parece absolutamente peregrino que alguien pueda mostrarse preocupado por el mundo y la cultura que le rodea y no vea la tele, aunque sea a modo de mero ejercicio antropológico. Que no sepa que ‘Los vigilantes de la playa’ es la serie vista por más millones de espectadores alrededor del globo y pueda articular una pequeña teoría. O que Twin Peaks fascinó especialmente a los japoneses, entre los que caló como un verdadero fenómeno social más que un éxito entre la crítica y un público exquisito, como había ocurrido en el resto del mundo. Saber quién o qué son Mark Frost, Paolo Vasile o La fábrica de la tele me parece igual de necesario que saber citar dos o tres obras de Baroja.

Cuando se hacen listas de los personajes más odiados del país, ya las haga El Mundo o aparezcan en las chiripitifláuticas listas del 20 Minutos, el grueso de los personajes son televisivos. Sirva esta lista hecha por lectores del 20 Minutos. Los treinta personajes más odiados de España salen en la tele, casi todos ellos en Telecinco, casi todos en programas de corazón o reality shows. Esto indica dos cosas: una, que la gente es tonta de capirote, sí, y probablemente los que han votado no han leído nunca un periódico porque no hay un solo ministro corrupto, ningún banquero pesetero, ningún alcalde enviciado y ningún constructor aficionado a destrozar costas. La otra es que, nos guste o no, si tantísima gente odia a estos seres es porque han creado vida. Y no debe venir ningún aristócrata de la alta cultura a coartarla.

En 2011 hubo un escándalo en los círculos educativos de Estados Unidos porque una de las preguntas en la prueba de comentario de texto de los SAT (la Selectividad de allí, más o menos) versaba sobre la telerrealidad. La pregunta era: “¿Puede ser realmente auténtico un programa de telerrealidad cuando los productores diseñan desafíos y tramas para los participantes y luego los montadores alteran y cortan escenas?”.

La prensa publicó algunas de las respuestas de los alumnos, que muchos habían compartido en los foros de sus respectivos institutos. Los que veían televisión hablaron de cómo American Idol podía tener una influencia positiva en los espectadores a la hora de luchar para conseguir sus sueños o The biggest loser (uno sobre perder peso que está a punto de traer La Sexta a España, si no me equivoco) promovía una alimentación sana y fomentaba el deporte. Algunos no habían visto en su vida un reality, pero hicieron gala de una admirable inteligencia al discernir sobre la posibilidad de la objetividad real en cualquier imagen o relato hasta ponerse a hablar de Jacob Riis.

Jacob Riis fue un fotógrafo danés que en el siglo XIX revolucionó la prensa al captar instantáneas de vagabundos, putas y lumpen en general. Pero algunos le acusaban de manipulador. ¿Por qué? Porque resulta que Riis fue el primer fotógrafo en usar el flash. El flash manipulaba la imagen. Arrojaba luz sobre lo que estaba oscuro. Para el público en general, hasta entonces, los vagabundos, putas y lumpen en general eran esto: 

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Después de sus flashazos, empezaron a ser esto:

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¿Puede ser realmente auténtico un programa de telerrealidad cuando los productores diseñan desafíos y tramas para los participantes y luego los montadores alteran y cortan escenas?

Los más tontos, indignados ante la presencia de una pregunta sobre cultura de masas en una prueba de acceso a la universidad, se limitaron a afirmar que la televisión es un cáncer que no querían que se reprodujese en sus células. Espero que suspendiesen todos.

Ayer, viernes 27 de julio, hubo un ejercicio de televisión que recordaremos todavía dentro de muchos años. Lucía Etxebarría, escritora que no tiene tele por principios éticos y morales y que presume de no verla, acudió a Sálvame Deluxe

A mí me gusta Lucía Etxebarría por lo mismo por lo que me gustan Jiménez Losantos o Sánchez Dragó, porque son rebeldes, pagados de sí mismos, con espíritu de guerrilleros y sin ganas de quedar bien con nadie. Pero no hace falta estar de acuerdo con alguien para que te caiga bien, menudo aburrimiento. A menudo dicen cosas que me provocan ganas de soltarles una colleja, pero en general creo que son enormemente necesarios en el mundo.

Y también me gusta Sálvame. Está lleno de gentuza que emite mensajes tóxicos y que no sabe conjugar un verbo o subordinar una frase, lo sabemos, pero a la vez ha creado un género extremo en su campo. Porque Sálvame no es neorrealismo televisivo ni ironía posmoderna, o al menos a mi no me lo parece. Es un género llevado al extremo y las cosas llevadas al extremo en la tele siempre resultan asombrosas y divertidas. No creo que difiera mucho en forma y contenido de los programas de alpinismo en los que vemos a Jesús Calleja tiritar de frío o cagar caca sólida por congelación en la cumbre del Mont Blanc. En su día, debo admitir con vergüenza, me hipnotizaba el debate político de La Noria porque también era un género llevado al extremo: gente a muerte de la izquierda contra gente a muerte de la derecha que se gritaba, se insultaba y abandonaba el plató a un ritmo endiablado. El blanco contra el negro, sin ninguna gama de grises. Paolo Vasile, oh, genio contemporáneo, dijo una vez en una entrevista que eso era lo que quería ver la gente un sábado por la noche si no había tenido la fortuna de poder ir al teatro, al cine o a cenar con amigos.

Ojalá hicieran un programa de cine extremo, con Carlos Boyero, Antonio Gasset y Jesús Palacios arrojándose rollos de celuloide. O uno de cocina extrema, con Arzak y Adriá azotándose con cebollinos. Regalo desde aquí esta humilde idea a los programadores: por favor, hagan un programa extremo de absolutamente todo. Hasta del informativo. Recibirían mil denuncias por vulnerar el horario infantil, claro, ese invento del demonio que seguramente salió de unos cuantos ministros que tenían mucha querencia por abandonar a sus hijos frente a la tele para que no molestasen y no querían que una teta se cruzase en su camino.

Pero por ahora el extremo solo lo tenemos en Sálvame. Una vez una productora de ‘Gran Hermano’ me dijo: “Me río de los que dicen que Gran Hermano no es educativo. La televisión es un electrodoméstico. El día en que los padres decidan que la lavadora tiene que inculcar valores a sus hijos, hablamos”. Cualquier televisión privada debería tener permiso para emitir porno duro a la hora a la que le venga en gana porque cualquier padre debería tener autoridad para decirle a su hijo que hay un canal que ni se le ocurra tocar. Y deberían inventar un mecanismo fácil para que los papás bloqueen canales, claro. Pero no legislar como si fuésemos monos tití.

Pues lo que decía, Lucía Etxebarría presume de no ver la tele y se metió en un reality show y en Sálvame Deluxe. No sé si Lucía hubiera pasado la prueba de los SAT con la pregunta de la telerrealidad. Probablemente tiene armas para poder salir triunfal de la pregunta sin haber visto en su vida Gandía Shore. Lo que sí sabemos es que Lucía no es nueva en la tele. La he visto en mil debates y además en Telecinco. La he visto en Dos Rombos. Ha ido al programa de Jaime Bayly, ese peruano brillante, deslenguado y criticón cuyo programa se llamaba El Francotirador y no por nada. Ha ido a La Noria. Así que Lucía sabe de qué va la tele. Pero más intrigante me resulta discernir si sabía o no en qué tipo de programa se estaba metiendo al entrar en Campamento de verano, esa oferta que aceptó, según dijo, para poder pagarse unos asuntitos de Hacienda.

Escribió esta mañana en su página de Facebook (una página que quiero impresa y encuadernada entera para releer en las frías noches de invierno) lo siguiente:

“Cuando acepté entrar en ‘Campamento de Verano’ se me dijo que iba a ser un programa muy fácil , una especie de ” retorno a la infancia” ( textual) y que no debía tener ningún miedo porque como se emitía en verano y en horario infantil iba a ser diferente de los demás realities”. 

Me creo a Lucía. ¿Me creo a Lucía? No lo sé. Estoy a su favor en esta historia porque considero que, realmente, puede ser tan tonta como para no saber cómo funciona un reality si no tiene tele. Y más un reality en Telecinco. Ha ido a muchos programas, ¿pero los ve desde casa? Ayer Sálvame Deluxe, el programa de corazón extremo, fue el triple de extremo por su presencia allí. Lucía les pedía que no gritasen. Les pedía que le hablasen de uno en uno. Se refería a estudios antropológicos que examinaban la conducta de grupos humanos luchando contra mamuts. Ninguno de los que la entrevistaban se habían leído jamás un libro suyo. No, no tienen por qué hacerlo, pero este servidor de ustedes, cuando tiene que entrevistar a un escritor, intenta leerse su libro o al menos leérselo en parte por respeto, y anda que no he tenido que tragarme buenas mierdas. Y sí, sé que ayer Lucía no estaba en Sálvame Deluxe en calidad de escritora que promocionaba su última obra, pero es al menos sintomático: de cinco colaboradores ninguno había ni hojeado un libro de una de las autoras más vendidas y mediáticas de España. Pero da igual. No hace falta leer para trabajar en Sálvame.

Lucía estaba allí porque, tras abandonar el Campamento de verano, según ella misma, pactó que iría al Deluxe (de la misma productora) y daría una entrevista de 1:45 minutos a cambio de no pagar la penalización que todos los realities ponen en el contrato a sus participantes si abandonan (porque de otra manera todos vivirían un éxodo masivo en cuanto las cosas se ponen feas). Pero cuando solo llevaba cincuenta minutos se puso a llorar en un miniataque de ansiedad que respondía a las críticias de todos los colaboradores. Lucía susurra a la presentadora, recurriendo a ella como si fuese una profesora, “me están haciendo daño”. “Me han dicho que no viniera”. “Por favor, déjame irme”. “No puedes”, le dice Terelu, escuchando órdenes del pinganillo. “Tengo una baja por ansiedad, he venido por presiones y lo sabes. Por favor, pasa a publicidad”. “No puedo pasar a publicidad cuando quiero”, le espeta Terelu, a modo de profesora de Comunicación Audiovisual. Después de negar durante todo el programa que ella nunca había dicho que hubiese otro concursante masturbándose en su misma cabaña, una de las grandes tramas del programa en su primera semana, le susurra a Terelu en el oído, ignorando el hecho de que tiene un micro en la blusa exactamente a diez centímetros: “¿tú hubieras aguantado tres días con un tío masturbándose al lado?”. Y añade, en pleno prime time de la noche del viernes y en directo: “Por favor, cancelemos esto”.

Seguramente Lucía es difícil de soportar si hace gala de una debilidad extrema y considera que todo lo que le rodea es una acción en su contra. Pero a mí me cae bien, qué le voy a hacer. Lo que pasó ayer fue el equivalente a abrir en canal a un cordero vivo en televisión. Y lo peor es que, mientras me tapaba la cara con un cojín y deseaba ir corriendo al plató para llevarme a Lucía corriendo y darle un abrazo en el backstage, no podía dejar de mirar y desear que la entrevista se alargase ad eternum.

Ayer, al principio, cuando Lucía llegó segura de sí misma y hablando de antropología, pensé que el flashazo en la cara se lo habían llevado los polemistas del programa. Cuando ella empezó a hiperventilar al darse cuenta de donde se había metido (mientras Mila Ximénez le chillaba al oído: “¡Estás como una puta cabra!”), pensé que el flashazo se lo había llevado en realidad Lucía. Pero cuando me metí en la cama y no dejaba de darle vueltas a lo que había visto, como si en vez de acabar de ver un programa de corazón hubiese visto ‘El exorcista’, me di cuenta de que en realidad el flashazo me lo había llevado yo.

Ayer en vez de esto:

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Emitieron esto:

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Y ahora pienso volver a verlo.

PD – el vídeo del terrorífico momento en el que la invitada se derrumba está aquí. Y leed también esto otro, que habla de lo mismo y está escrito por una persona que no solo trabajó en ese programa sino que sabe mucho más de tele que yo.

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Acerca de Guillermo

Me llamo Guillermo #$ª/)*@ y escribo en una revista de actualidad. "¿Pero cuál es la percha?", me preguntan mis jefes insistentemente. Cuando vuelvo a casa no quiero saber nada de actualidad. Tampoco de perchas. Ahora doblo las camisas.
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4 respuestas a Lucía Etxebarría, el flash, la telerrealidad

  1. Hay una pequeña inexactitud en tu texto: los jerbos son seres supersociales. Un año me regalaron una pareja de jerbos por mi cumple y se pasaban el día follando. Meses después, tenía ¡8 jerbos!

  2. Otra inexactitud: se puede ver la tele sin tener tele.

  3. elhombreconfuso dijo:

    La perfección hecha artículo. Enhorabuena. ¡Lo mejor que he leído en años!

  4. Biruvito dijo:

    Pedazo de artículo. Mis más sinceras felicitaciones.

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