Hoy: Florence Foster Jenkins y otros genios sin talento alguno

Para leer esta historia con el ambiente propicio hay que darle a play en este vídeo:

La voz melodiosa que destroza La flauta mágica de Mozart es la de Florence Foster Jenkins. Florence nació en una ciudad mediana de Pensilvania en 1868 y desde pequeña quiso ser famosa. Hay que aplaudir que una niña supiese entonces lo que era la fama y la quisiera para sí. Si había alguna celebridad por aquel entonces debían de ser la reina de Inglaterra, Buffalo Bill y Jesucristo. Y no quería ser famosa de cualquier modo. Quería ser cantante de ópera.

Los Foster eran millonarios. Su padre, Charles, era un banquero con 50.000 dólares en bienes inmuebles y 10.000 en el banco. Y un padre rico siempre animará a su hija a cumplir sus sueños. Pero el de Florence le dijo que no podía ser cantante de ópera porque no tenía ningún talento. El servicio se volvía loco en casa barriendo cristales cada vez que la niña se atrevía con otra aria. El señor Foster pagaba a su hija las clases de piano, pero cuando Florence le dijo que quería irse a Europa a estudiar canto lírico él le respondió que de ninguna de las maneras. Florence se enfurruñó, encontró a un médico y se fue a vivir una existencia acomodada a Filadelfia. Desgraciadamente, tras cantar ópera para él, su marido también le dijo que ni se le ocurriese volver a hacerlo. En 1902 se divorciaron.

Y en 1909, cuando ella tenía 41 añazos, ocurrió algo maravilloso: el padre de Florence se murió.

Con el dinero de la herencia se mudó a Nueva York y empezó a recibir sus ansiadas clases de canto lírico. Y también creó el Verdi Club, una asociación para ayudar a nuevos talentos de la lírica. Logicamente, para Florence el nuevo talento era Florence. El Verdi Club organizaba un montón de eventos benéficos a los que acudían millonarios de Nueva York, nobles europeos y sopranos de todo el mundo. En todos esos eventos la soprano estrella era la que ponía la pasta: Florence Foster Jenkins. Ofreció su primer show en abril de 1912, pocos días después de que se hundiese el Titanic. No estaba el ambiente para chistes, pero seguro que la gente se susurraba al oído crueles paralelismos entre ambos hechos .

OLA K ASE ERES SOPRANO O K ASE

OLA K ASE ERES SOPRANO O K ASE

Florence se ponía un larguísimo vestido de tul, una corona de oropel y dos alas con plumas para cantar. Quería parecer un ángel, pero los presentes la describían como algo más cercano a un pavo asado. Siempre abría sus espectáculos con La flauta mágica de Mozart, pero su numero favorito era Clavelitos, durante el cual tiraba flores a su público desde le escenario mientras éste, entusiasmado, pedía un bis. La gente se reía, claro. Pero ella, con envidiable miopía y sordera, lo achacaba a la envidia que todos le tenían por ser rica y talentosa.

Los espectáculos de Florence se multiplicaron cuando se corrió el boca a boca de que había una señora que cantaba ópera de una manera absolutamente innovadora y chirriante. Pero no cualquiera podía ir a ver un show de Florence. Dejando a un lado a poderosos y gente del mundo del arte, si alguien de a pie deseaba verla tenía que someterse a un examen. La mujer que no alcanzaba ni una nota y cuya pronunciación de francés y alemán hacía arder bibliotecas desde Lima a Pekín dejaba muy claro que sus shows eran para gente que realmente amase la ópera. Los aspirantes a ser parte del público tenían que presentarse en su suite del hotel Seymour de Manhattan, responder a sus preguntas y ser aprobados personalmente por la artista. Una vez superado esto y tras abonar 2,50 dólares, estaba dentro.

Le iba tan bien cantando tan mal que empezó a organizar un concierto anual en el hotel Ritz-Carlton. Solo podían entrar 800 personalidades escogidas por Florence. Cada año la policía acudía a la puerta a desalojar a los cientos de neoyorquinos que querían presenciar aquello que la gente describía como el espectáculo más tronchante del mundo. En 1943 sufrió un accidente en un taxi y se convenció de que, debido al impacto, sus notas sonaban mucho más altas y perfeccionadas. Le envió al taxista una caja de puros habanos como agradecimiento por haber estampado el coche contra una farola.

En 1944 llenó el Carnegie Hall. Las entradas se habían agotado semanas antes. Fue el 25 de octubre, justo un mes antes de morir con 76 años. Feliz como unas castañuelas, imagino. Ella dijo poco antes de morir: “Muchos dirán que no canto bien, pero nadie podrá decir que no canté”. Los que la conocían dijeron que nunca habían visto a alguien tan feliz con su trabajo. No tuvo descendencia y dejó toda su fortuna al Verdi Club. Ya en vida, todos los beneficios de sus horrorosos conciertos iban destinados a obras benéficas.

Hay muy pocas grabaciones de las óperas de Florence. Las que se editaron tienen nombres crueles, como Murder of the high CsThe Glory (????) of the Human Voice (así, con interrogaciones).

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La falta de talento, a secas, provoca pena. O peor aún, indiferencia. Pero cuando se une a una voluntad de hierro y una ceguera total, una disociación casi esquizofrénica de lo que eres realmente y lo que la gente ve en ti, crea una figura muchísimo más interesante que la que existiría si tuvieses talento de verdad. Probablemente Florence ni tendría entrada en Wikipedia de haber sido otra soprano correcta que cantaba en Manhattan en los años 30. Triunfar en algo que se te da terroríficamente mal –que no regular ni medio bien– te hace parte de una milicia que planta cara al sistema y se caga en las altas esferas intelectuales. Florence no solo se cagó en todos los críticos, sino que luego los acabó haciendo adeptos a sus shows.

Todos son héroes a su manera. Miren a Ed Wood. O a Jacqueline Susann, una escritora mediocre que, atendiendo a la versión de los que tenían que editar sus novelas, no sabía puntuar y dejaba líneas de diálogo inacabadas como indicando: “y tal”. Según contaban, era algo así:

–Vete de mi casa, no te quiero………. (y tal).

Y cuando publicó El valle de las muñecas vendió treinta millones de ejemplares. Las élites la odiaban. Truman Capote y Gore Vidal la insultaban en televisión. Esa señora había conseguido que la gente burra leyese. ¿Cómo se atrevía? Florence había conseguido que la gente se lo pasase realmente bien escuchando a Mozart. ¿Cómo osaba?

Contemporánea de nuestra Florence fue Amanda McKittrick Ros, una escritora realmente fistra incapaz de escribir una oración legible, pero amante de la pompa y las palabras multisilábicas por encima de todo. Las editoriales le devolvían todos sus manuscritos, pero su marido autoeditó una novela suya en 1898 como regalo de bodas. Según la leyenda, C.S. Lewis y Tolkien la descubrieron y organizaron competiciones para ver quién podía leer en alto el mayor número de líneas sin tener que detenerse por un ataque de risa.

Aquí tuvimos a… Tamara Seisdedos. Tendrán que personarme el salto temporal y cualitativo. No tenía ni idea de cantar, eso lo sabían hasta en Kurdistán. Pero qué ganas tenía de hacerlo. Se gastó tres millones de pesetas en grabar una maqueta en su País Vasco natal en el 93. Se paseó por Madrid durante años llevándola a las radios. No pasó nada. Y de repente un día inauguró una frutería, la oímos cantar en la tele y supimos que había que estar a sus pies. Llenaba sitios de gente que se reía de ella, pero ella lo llamaba envidia. ¿Y por qué había que estar a sus pies?

Porque la gente que no lo estaba era realmente asquerosa.

Ahora la pobre es carne de unos cuantos estilistas, fotógrafos y productores eurodance que han destrozado su magia, qué se le va a hacer. El mass media contemporáneo ha matado este subgénero de artistas a los que le falta talento y les sobra talante porque ahora la falta de talento es un valor, así que todo el mundo lo busca. Ya sabemos quienes son. Gente que intenta ganarse sus visitas en Youtube cantando fatal o celebridades de serie Z que graban videoclips de un hortera autoconsciente. No merecen ni enlaces. Algunos incautos se lo tragan, pero usted, lector, y yo, no. La falta de talento tiene que unirse a la ceguera para resultar atractiva. No puede haber ironía ni intención de divertir. Al final solo se divierten ellos.

Y para acabar esta quijotada está Cindy Chang. Cindy Chang es todo lo contrario a Florence Foster Jenkins. Si quieren pueden ver este vídeo, pero si no, yo lo resumo después del inserto.

Cindy Chang, de 42 años, se presentó al casting de America’s got talent el año pasado diciendo que era un ama de casa que quería triunfar en el mundo de la ópera. Salió al escenario y soltó varias frases hecha. “¡Soy muy tímida!”. “¡Mis padres nunca me dejaron cantar ópera!”. “¡Mi familia no sabe que estoy aquí!”. Tras entonar el O Mio Babbino Caro todo el mundo se quedó muy impresionado (aunque después de oir a Florence cualquier soprano nos parece un coñazo, claro). Se llevó la bendición de los tres miembros del jurado.

Resulta que poco después se descubrió que Chang no era un ama de casa sino una cantante lírica con una larga trayectoria que había cantado en Broadway con Patti LuPone e incluso aparecido en dos películas de Hollywood. En un mundo ideal Cindy, la que sabía cantar y decía que no, y Florence, la que no sabía y decía que sí, se hubieran intercambiado los papeles y se lo hubiesen pasado bomba. Lo que hizo la primera es la verdadera falta de talento en 2013: no saber que Internet sirve tanto para hacerte famosa subiendo tus vídeos como para desenmascararte buscando tu currículum.

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Hoy: Cinerama, otra revista que había

Cinerama era una revista de cine que había antes. Era esta:

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De todas las que había en los noventa (Fotogramas, Cinemanía, Dirigido por, Imágenes de actualidad y Acción) era la menos vendida. O al menos creo recordar ver un ranking publicado en alguna de ellas (Fotogramas, claro, que era la que más vendía) en el que contaban eso. La poquísima publicidad que llevaba insertada era únicamente de cine, de cursillos CEAC, de Ballantines y de tabaco, todo muy acorde con cualquier cinéfilo de pro. Era la que más me gustaba. Puede que únicamente por ganas de llevar la contraria, porque la revista no era brillante ni nada parecido.

Tal vez me gustaba porque, al observar su redacción tosca y sus titulares mal puestos, uno tenia la sensación de que cualquiera podía hacer una revista, hasta yo. Parecía –era, probablemente– una revista hecha por cuatro amigos. Pero eso también le daba un carácter acogedor. Fotogramas tenía unas fotos muy bonitas y entrevistas con estrellas de Hollywood que había sindicado de la Premiere americana, que era de la misma editorial, pero Cinerama era un panfletito hecho con torpeza y cariño en el que dedicaban casi el 80% de su espacio a hablar de actores muertos, películas olvidadas y directores en bancarrota o rehabilitación. Una mina.

Resulta que un día se les ocurrió elaborar el diccionario de actores más completo en español que hubiese hasta la fecha. A partir del otoño del 95 empezaron a distribuir junto a cada número un fascículo en orden alfabético con unos diez o quince actores cuya filmografía se analizaba con detalle. Españoles, europeos, americanos, mundiales. Creo recordar que hubo un número en el que ofrecieron un fascículo especial suplementario con algunos actores que se les habían olvidado en los anteriores. Por aquel entonces no habían pasado de la A.

De repente, un día, alguno de los cuatro redactores en plantilla debió de mirar la lista completa de actores que había en el mundo. Cuando se disolvió el Sindicato de Actores de Hollywood el pasado mayo había apuntados, solo en Los Ángeles, 110.000. Imagino que se reunieron alrededor de la máquina de café y tomaron una decisión. A finales del 97 publicaron euna nota a pie de página informando de que la gesta de hacer el diccionario de actores en español más completo de la Historia era desproporcionada y se veían obligados a interrumpirlo.

Me pareció muy entrañable.

Alguien debía de ser amigo de Paul Naschy en la revista, porque escribía mucho para ellos. Todos los meses firmaba un largo reportaje sobre una vieja gloria de la serie B con frases grandilocuentes y muy propias de Paul Naschy, como por ejemplo “En resumen, la obra de Lon Chaney Jr. es realmente importante y aunque no poseyese las dotes interpretativas de su padre se reserva un puesto inmortal en la historia del cine”. En un bonito ejercicio de barrer hacia casa, le daban bastante igual los actores que no hubiesen interpretado a un hombre lobo o las actrices que no hubiesen sido perseguidas por uno. También tenía un precioso consultorio donde Naschy respondía a los lectores, que le hacían preguntas como quién era la actriz que recogía a un autostopista zombie en Creepshow II. Naschy respondía con mucha dulzura, así, confundiéndose con el nombre de la lectora:

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La actriz favorita de Marina/Marisol de Segovia era una llamada Lois Chiles.

No era el único consultorio de la revista. También estaba el de Miss Marple, mucho más extenso (a veces tenía cinco páginas) y donde la tal Miss Marple respondía con cierta esquizofrenia según le diese el viento: a veces con amor y a veces comiéndose al lector. Atención a esa frase: “Así que ánimo y escribirla”.

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Ánimo y escribirla todos.

A mí me respondió con amor, afortunadamente. Le escribí para preguntarle qué otros libros había publicado un escritorcito llamado Ira Levin que me gustaba mucho y cuáles de ellos se habían llevado al cine. Por aquel entonces no existía Google y ni tan siquiera existía Internet en mi casa. Encabecé mi carta, eso sí, diciendo “Hola Miss Marple (aunque creo que Miss Marple no existe)”. Y parece que le molestó un poco.

IMG_3592Cinerama desapareció en 1998 o 1999 para convertirse en una revista de 20 páginas que se entregaba gratis en los cines, no sé si a cargo de los mismos responsables. Hoy hay una web de cine llamada así pero no tengo ni idea de si tiene algo que ver con la revista.

Años después de todos esto estudié algo en lo que tenía una asignatura de Historia del cine. El profesor era muy simpático, gracioso y asustadizo. A veces lo sigo viendo por la calle y cuando le digo hasta luego temo que le dé un paro cardíaco por la forma espasmódica en que abre los ojos como platos, se gira y deja caer los libros que lleva en la mano. En los último tiempos he optado por no acercarme a él. Un día, durante un descanso, comentó que había trabajado como redactor en una revista llamada Cinerama que ya no existía. Yo le dije que la compraba religiosamente y que había escrito un par de veces a Miss Marple.

Me dijo que Miss Marple era él.

¡Qué sorpresa! Le dije que yo había escrito una carta a Miss Marple en la que dudaba de su verdadera existencia y le preguntaba por Ira Levin. Él abrió los ojos como platos y sonrió.

–¿Te acuerdas de mí? –le pregunté.

Y me dijo:

–No.

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Hoy: Na Na Hey Hey Kiss Him Good Bye

En sus inicios, en pleno espíritu punk, Bananarama llamaban a sus productores cada vez que se les acababa la pasta del alquiler, les pedían un tema nuevo para grabar, lo cantaban con desgana juntando las cabezas ante un solo micro, sin variar ni acoplar el tono de sus tres voces, y después se iban al bar de al lado a tomarse unos machacaos. En una de esas llamadas sus productores les sugirieron versionar una canción muy simpática de los sesenta llamada Na na hey hey kiss him good bye.

La original era de un grupo llamado Steam, que no tuvo ningún otro éxito por un motivo altamente lógico que conoceremos después del vídeo incrustado.

Esta canción la escribió un señor llamado Paul Leka con dos amigos llamados Gary DeCarlo y Dale Frashuer. Paul Leka, que era el hijo de unos inmigrantes albanos y vivía en Connecticut, formó en 1969 con sus dos colegas un grupo llamado The Chateaus que no le debió dar muchas satisfacciones monetarias, pero colmaba sus ambiciones artísticas. En 1968, en solitario, compuso una canción muy bonita llamada Green tambourine que se convirtió en un número uno cantada por otros. Esto dio a una oportunidad a Leka para convencer a Mercury Records de que los fichasen a él y sus dos amigos para así poder publicar un disco con su propio grupo, The Chateaus. Les dijeron que vale.

Era 1969. Grabaron cuatro canciones que en Mercury gustaron mucho. Los tipos de la discográfica eligieron una de ellas para publicar como single. Ahora, por lo tanto, necesitaban una canción para rellenar la cara B de aquel disco. Decidieron recuperar una canción que habían escrito en 1961 que se llamaba Kiss him good bye y que los tres encontraban mediocre, pero les valdría para salir del paso.

Nuestros amiguitos Paul, Gary y Dale introdujeron corriendo un estribillo que se inventaron sobre la marcha. Querían alargar la canción para que ningún DJ la pinchara y su cara A brillase con luz propia. Decía algo así de absurdo: “na na na na/na na na na/hey hey/good bye”. Según contaría Paul, él introdujo ocho na y Gary y Dale dos hey –esto equivale a un (1) hey por persona, si no me equivoco–. Ahora la canción se llamaba Na na hey hey kiss him good bye. Ya tenían una cara B de relleno que les permitiría editar su primer single. Enviaron muy satisfechos el disco a la discográfica.

Ahora permítanme una reconstrucción dramática (con datos reales) de la conversación que siguió a aquello:

EL DE LA DISCOGRÁFICA: Ya hemos enviado vuestro disco a las radios. Un DJ en Georgia lo está pinchando y a la gente le encanta.
PAUL: Bieeeeeeeen (sonido de matasuegras y brindis).
EL DE LA DISCOGRÁFICA: Ah, pero está pinchando la cara B, que se me olvidó ese detalle.
PAUL: ¿¿¿Cómo???
EL DE LA DISCOGRÁFICA: Na na hey hey kiss him good bye. Ese será el single, vamos a invertir 50.000 dólares en promocionarlo.
PAUL: ¡¡Pero es UNA MIERDA!!
EL DE LA DISCOGRÁFICA: No, ¡es genial! Na na hey hey kiss him good bye será la cara A del single de los Chateaus.
PAUL: Pero, pero, ¡¡pero es UNA MIERDA!!
EL DE LA DISCOGRÁFICA: No, no, esa será vuestra canción y punto.
PAUL: Dios mío, ¡qué desgracia! (ruido de cristales rotos)

Pues resulta que no era la primera vez que alguien a última hora dice “¡un momento, un momento!” y convierte la cara B en la cara B. I will survive de Gloria Gaynor era una cara B (ningún ejecutivo se fiaba de una canción disco cantada enteramente por la voz de una solista y sin coros, algo que apenas se repitió, por cierto). We are the champions y We will rock you, esas canciones aburridísimas de Queen, eran también una cara B. Y también lo era originalmente Single ladies de Beyoncé.

En cualquier caso, y careciendo de estos gloriosos precedentes, Paul, Gary y Dale respondieron que por sus cojones iban a dejar que esa canción se asociase al sacrosanto nombre de su amado grupo The Chateaus. Decidieron publicar la canción bajo el nombre de un grupo ficticio que no existía, Steam.

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Gary se prestó, con reticencias, a cantar la canción bajo ese otro nombre y otros cinco tipos fueron contratados por la discográfica para formar un grupo ficticio, aparecer en el vídeo y tocar el tema en un tour por Norteamérica. Paul Leka rezaba en su casa para que la canción no interesase absolutamente a nadie más allá de los oyentes con sordera que llamaban insistentemente a aquella emisora de Georgia para que la volviesen a pinchar.

Pues bien, el 13 de diciembre de 1969 ocurrió lo siguiente:

Tachááááááán.

Tachááááááán.

Steam vendieron seis millones y medio de singles. Se convirtieron en uno de los one hit wonders más puros que hay. No es que solo tuvieran un éxito, es que solo tuvieron una canción. Además, en Estados Unidos se toman esto del one hit wonder como una religión y tienen sus reglas para que el término se pueda aplicar con exactitud. Según un tipo llamado Wayne Janzik, que tiene un trabajo que mataría por tener y es analizar ese fenómeno en libros como este, solo podemos llamado one hit wonder a un solista o grupo que ha logrado introducir una y solo una canción en el top 40 de Estados Unidos. Querido lector, si forma usted algún día un grupo y tiene la suerte de lograr un número uno en Estados Unidos rece a la virgen de su pueblo para que su siguiente single llegue al 41 y no al 39. De otro modo ni siquiera se podrá llamar a sí mismo one hit wonder.

The Chateaus nunca llegaron a nada. Paul Leka siguió trabajando dentro de la industria como compositor y productor. Su canción, a la que calificó de “vergonzosa e insultante” se convirtió en un himno en los campos de béisbol que aún sigue siendo coreado hoy en día después de un touchdown para burlarse del equipo perdedor, como se ve en el siguiente vídeo:

La canción se versionó decenas de veces. Las Bananarama lograron ser número 5 en el Reino Unido cuando la cantaron. Tambien la canta Bart en algún episodio de Los Simpsons y Tracey Ullman la parodiaba en su programa de finales de los 80. En 2001, tras los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, un memo respaldado por asociaciones ultraconservadoras circuló por las radios de todo el país en el que se indicaba qué canciones no era procedente pinchar durante aquellos días. Na na hey hey kiss him good bye era una de ellas, junto a otras altamente sospechosas de poder provocar otro atentado mortal como Rescue me de Fontella Bass, Love is a battlefield de Pat Benatar, Lucy in the sky with diamonds de Los Beatles, The end of the world de Skeeter Davis y I feel the Earth move de Carole King. Nueve años después, sin embargo, la canción volvía a estar permitida y de hecho los ultraconservadores eran los primeros que la entonaban. Este vídeo es de las celebraciones frente a la Casa Blanca tras el asesinato de Osama Bin Laden:

Gary DeCarlo sigue vivo y con el tiempo ha cogido cariño a la canción. Todavía la canta de vez en cuando. De Dale Frashuer no sé nada. Paul Leka se murió en un asilo el 12 de octubre de 2009, con 68 años de edad. La noticia de su muerte tardó dos semanas en llegar a los medios. Y las radios de todo el mundo, claro, volvieron a pinchar la canción. Qué proverbialidad: es la que se dedica al que pierde.

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Hoy: Lakeview Terrace (2008)

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En líneas generales:

Una película con la palabra terrace en el título ✓
Una película dirigida por Neil LaBute ✓
Una película producida por Will Smith ✗
Una película donde sale Samuel L. Jackson ✗
Una película donde sale Patrick Wilson a.k.a. uno de los actores más guapitos ✓
Una película con un vecino cabrón ✓
Una película donde luchan blancos y negros como hace 30 años ✓

Ayer vi Lakeview Terrace, una película de hace cuatro años. Cuenta la historia de un matrimonio de blanco y negra (Patrick Wilson y Kerry Washington) que se muda a un barrio residencial acomodado de Los Angeles. En la casa de al lado vive desde hace muchos años un policía negro (Samuel L. Jackson) de moral muy recta y métodos pocos ortodoxos. El nuevo vecino –blanco, rubio, de ojos azules y atlético– es tonto de capirote y tiene un trabajo de tonto de capirote: es ejecutivo en una cadena de supermercados, aunque nunca vemos nada que tenga que ver remotamente con su oficio excepto irse por la mañana y volver por la noche. Su esposa no hace nada, pero estoy seguro de que es una periodista freelance porque está todo el día en pijama tocándose el coño al borde de la piscina y, sin embargo, al principio de la película sugiere que una de las habitaciones con mejores vistas podría ser “su despacho”.

Enseguida surge una tensísima relación con el policía negro, que no aprueba a la pareja y decide hacer de su vida un infierno. Yo no entiendo los motivos de esto y creo que tampoco los entendería nadie que no haya vivido los disturbios del 92 en Los Angeles. Tengo ese episodio bastante presente porque en la primera temporada de Melrose Place había un capítulo divertidísimo en el que Rhonda, aquella profesora de aerobic que llenaba el cupo interracial pero que tenía las tramas más aburridas y del que Darren Star prescindió muy sabiamente tras la primera temporada, estaba lamentándose en la piscina de que su raza había sufrido mucho y tal y pascual. Billy, que acababa de ser atracado por unos negros, le soltaba: “Anda, cállate, pesada, que estás aquí tomando el sol en una urbanización de lujo mano sobre mano”. Rhonda, dolida por la indiferencia de Billy ante el dolor de los suyos, se lo llevaba de turné por los barrios más afectados por aquellos disturbios que se desarrollaban de forma casi paralela al rodaje de la serie (y surgieron después de que un jurado formado casi enteramente por blancos absolviese a un policía blanco de todos los cargos que se le imputaban tras haber dado una paliza a un motorista negro). Durante los disturbios fallecieron unas 60 personas. Al final del episodio, y tras ver a mucha gente corriendo y muchas casas ardiendo, Billy volvía con Rhonda a la urbanización de lujo y admitía compungido: “Oh, no sé de lo que hablaba, efectivamente los negros habéis sufrido mucho”. Y se abrazaban. Fundido a negro y créditos: “Executive producer: Darren Star” (blanco, multimillonario y gay misógino).

Tras presenciar tan insultante retrato de una problemática tan chunga y que además ocurrió en 1992, o sea, ayer mismo, uno tiene que prometerse a sí mismo no opinar sobre el verdadero conflicto que puede haber en la posibilidad de que un negro con principios se enfade porque una pareja interracial joven millonaria y despreocupada se vaya a vivir a la casa de al lado. Así que esta es una película que aquellos que no quemamos ningún coche en Los Angeles en 1992 debemos disfrutar desde la barrera: encantados al presenciar desde un asiento seguro la lucha a muerte de un villano contra los buenos, como quien ve una entrega de Viernes 13. No le demos más vueltas: Samuel L. Jackson es desde este lado del espejo sencillamente malo, un cabrón unidimensional como son al fin y al cabo todos los cabrones. La idea de que los cabrones guardan un trauma que los ha convertido en unos cabrones y la culpa no es suya es un tanto romántica y boba, además. Todo el que haya pasado por un colegio y haya topado con el niño hijo puta de la clase sabe que el niño es un hijo puta porque le da la real gana.

Este policía, eso sí, es un cabrón divertidísimo. Tiene en su jardín unas potentísimas luces de seguridad que apuntan directamente al dormitorio de la pareja y no les permite dormir. En un momento dado se mete en su sótano para estropearles el aire acondicionado y vemos al pobre ejecutivo de supermercado y a la probable escritora freelance sudar la gota gorda toda la película. El marido blanco fuma a espaldas de la esposa negra, y el policía se chiva en un momento dado, poseído por el espíritu de toda una portera de Almería en plena California.

Los disturbios de 1992 vienen muy a cuento en esta humilde crónica porque esta película posee uno de los entrelineados más toscos y evidentes que recuerdo: desde el principio de la película se anuncia de forma constante (en la radio, en la televisión y en diálogos entre los personajes) que los fuegos incontrolados de los montes cercanos se están acercando al barrio. Los fuegos en California en 2008 fueron reales, como los disturbios de 1992. Quemaron por completo la casa del pobre Christopher Lloyd. Oprah Winfrey y Rob Lowe tuvieron que salir corriendo en pijama y patucos de las suyas. Bien, uno se dice desde el principio: “No puede ser, no puede ser que utilicen el fuego como un elemento simbólico de la lucha racial y al final de la película las llamas alcancen las casas de nuestros dos protagonistas y ese sea el escenario de la confrontación”. Uno se espera más de esta película de hace cuatro años a la que Roger Ebert, el único crítico de cine vivo del que hay que fiarse, dio cuatro estrellas.

¡Pues tate! Eso es exactamente lo que pasa.

Al menos, el previsible desenlace nos deja una escena preciosa: cuando las llamas están cerca y el vecino blanco descubre el pastel (el policía acaba haciendo, como ya se habrá imaginado el lector, cosas mucho peores que estropear el aire acondicionado de los protagonistas), Samuel L. Jackson está regando su casa con una manguera a presión para evitar que arda, todo ello iluminado con una mezcla de la luz del fuego y del bonito atardecer de Los Ángeles. El guionista ha sido muy torpe haciendo que los fuegos y la trama se entrelazaran de manera muy previsible, pero le doy un aplauso por haber hecho que fuese precisamente el antagonista, un auténtico hijo de puta, el que saca un chorro a presión para intentar apagar al menos uno de ellos.

A Neil LaBute no se le dan demasiado bien los villanos, pero sí tiene una mano maestra para retratar a imbéciles. Tiene otra película en la que alguien enormemente malo (Rachel Weisz) se enfrenta de modo frío y carente de razón a alguien que es un fistro funcional (Paul Rudd). Es esta:

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En esta peliculita (no os fieis de ese nombre tan feo, el original The shape of things es mucho más apropiado, ni de ese póster tan vulgar que le pusieron aquí en España) Paul Rudd es un estudiante bastante nerd que un día se encuentra con una bomba sexual que muestra un interés inusitado por él, por su arte y por todo lo que hace. Inician un romance en el que ella intenta moldearlo prometiéndole mejorar su vida: desde cambiar su dieta a aplicarle cera en el pelo. El guión aquí es del propio LaBute e inspirado en su obra teatral (no es el caso de Lakeview Terrace, escrita por el mismo mono tití que al año siguiente escribiría Obsesionada, oficialmente la peor película de la historia del cine y de la que tendré que hablar largo y tendido en otra ocasión). El final, en el que se nos revela por qué la bomba sexual ha sido tan benévola y comprensiva con el nerdie, es tan retorcido y tan espectacular que es mejor que no desvele aquí ni una coma.

En lo que respecta a Lakeview Terrace, vean primero aquel episodio de Melrose Place. Es igual de divertido y de profundo, pero dura la mitad y además aparecen TLC.

Publicado en 2008, Cine, Los dosmil, Sin categoría | Etiquetado , , , , , , | 1 Comentario

Hoy: la mejor revista que había

El mamífero más agresivo del mundo es el tejón de la miel, un animalito con dientes que pueden destrozar puertas y garras que pueden quitarte los ojos. Su piel es tan elástica que si lo agarras por detrás puede darse la vuelta sin que dejes de sujetarle la cola para destrozarte la mano. Si mi casa se llenase de una manada de cuarenta tejones furiosos, yo entraría igualmente para salvar mi posesión más preciada. Es esta:

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Mi colección de Movielines. Movieline nació en 1985 como un folletín local sobre cine en Los Angeles. Empezó a editarse a nivel nacional en 1989. Logró suficiente entidad como para que todas las estrellas fuesen pasando por su portada, especialmente las jóvenes. ¿Para qué sacar a Harrison Ford pudiendo sacar a Denise Richards? A mediados de la década pasada, con las ventas cayendo en picado, cambió su nombre a Hollywod Life y perdió su gracia*. En 2009 cerró.

*su gracia. Ahí está la cosa: Movieline era la revista más graciosa del mundo. Nunca tuvo unas ventas estratosféricas pero mantenía publicidad de marcas de ropa, objetos tecnológicos y se podía permitir a a-list stars en su portada. Y reportajes cuidados, estilismos bonitos y maquetación elegante. Pese a esa envoltura de revista normal, fue en vida casi una revista de culto, a veces rozando el estilo de un fanzine hecho por cuatro pajilleros. Yo no la conocía de nada cuando la encontré una mañana de 1996 en un centro comercial de Lisboa, pero Jim Carrey estaba en la portada y convencí a mi padre para que me la comprase. Se me dieron los ojos la vuelta cuando la volví a ver, meses después, a la venta en un quiosco pequeño y estrecho de mi ciudad natal, pequeña y estrecha a su vez. Como yo la compraba, la quiosquera decidió seguir pidiendo un ejemplar al mes que siempre me guardaba. Era cara, cara de cojones: empezó costando 750 pesetas y acabó costando, en los últimos números, 1.040. Pero me la pagaba mi abuela. Me podría haber suscrito para que me costase aproximadamente un 99% menos, pero es que mi buzón también era pequeño y estrecho. Un catálogo del club Nintendo que el cartero dejó arrugado y roto me traumó lo suficiente como para que nunca jamás pidiese nada por correo. Un trauma que aún dura hoy en día, en que no pido ni las cápsulas de Nespresso.

Premiere (versión americana de la revista de cine francés) era el foro de cine serio que se llevaba las mejores historias y entrevistas, pero Movieline era la bastarda que hacía reportajes enteros de los asuntos más peregrinos. Hasta 1999 tuvo una sección mensual llamada Bad movies we love en la que aprendí lo único que merece la pena de la vida: diseccionar de manera divertida y lúcida algo que en su esencia es una auténtica mierda. La escribía un tipo brillante llamado Edward Margulies que se murió en noviembre 1999. En su editorial de enero de 2000, la directora de la revista, Virginia Campbell, le dedicó el siguiente párrafo en un chipirifláutico obituario:

“Celebro que el último número en el que Edward colaboró antes de morir fuese este, el especial de sexo, porque era su favorito. Edward escribió a menudo de sexo para nuestra revista, era su obsesión”.

Ojo: el especial de sexo no se llamaba The sex issue, ni nada parecido. En Movieline tenían todavía más arte titulando que Pedro J. Ramírez. El número especial de cada año dedicado a la carne se llamaba More sex than usual (¡genialidad!). También tenían el The love issue. Y el The style issue. Y el The money issue –en este último dedicaron un glorioso reportaje a “Los pobres en el cine” que decía cosas como: “Los Amish pueden parecernos unos cerdos, pero ellos saben que solo hay dos cosas que importan en la vida: las vacas y el heno”–. En la letra pequeña de la sección de cartas al director (donde optaban por publicar siempre las misivas que los insultaban y casi nunca las alabanzas) se leía lo siguiente: “¡Nos encanta recibir cartas de los lectores que sepan escribir! Nuestra dirección es tal, tal, tal”.

Movieline no solo se metía con sus propios lectores. También tenían una serie de estrellas a las que tenian una guerra abierta declarada. Otro de sus números anuales, tal vez el mejor, era el The most issue. Era un número basado enteramente en listas, la mejor de la cual era The most 100. En 1998 incluyeron el siguiente apartado:

MÁS LLENO DE MIERDA
Bruce Willis

Y unas líneas más abajo:

MÁS REACIO A COGER EL TELÉFONO A MOVIELINE EN EL FUTURO
Bruce Willis.

Y en la lista de 1999, se podía leer lo siguiente:

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¡Listas, listas, listas! Movieline basaba su contenido, casi en un 40%, en las listas, el mejor género que existe, lo más divertido de escribir y de leer. Las listas son claras, sintetizadas, informativas, visualmente actractivas y te permiten hacer casi de todo. ¿Por qué no hay listas de todo en absolutamente todas las revistas? Esa es una pregunta que nos llevaremos a la tumba. Las de Movieline eran las más divertidas. A continuación, testigo gráfico de algunas que llevaban en los titulares de sus portadas.

100mostPero no olvidemos que para escribir tan buena mierda hacían falta plumas de talento. Había mucha gente buena aquí. Estaba Stephen Rebello, que es el autor del libro en el que se basa Hitchcock, la película que se estrena el mes que viene y por lo tanto veré dentro de cinco o seis años. Estaba Martha Frankel, que escribía también para Details y New Yorker y cuya familia perdió todo su dinero porque eran –todos– adictos al juego. Entrevistó a Mariah Carey para la portada del número de agosto de 2001. Según contó ella misma años después, unas horas más tardes de la conversación a la cantante le dio esa publicitada crisis de ansiedad que la llevó a un psiquiátrico durante un tiempo.

También estaba Joe Queenan. Es el que escribió lo del heno y las vacas. Escribió otro en el que analizaba todas las películas que tienen como punto de partida a un tipo que quiere dar un último golpe y retirarse. “Es más predecible que el sabor de la tarta de manzana, pero una estructura así le daría vidilla a una de Woody Allen”. Escribió otro sobre la preocupante tendencia del cine a poner en sus películas a villanos guapos y blanditos. Otro sobre las pelucas más divertidas de los últimos 20 años en la pantalla. Otro sobre la moda de la decapitación iniciada con Seven y que inundó Hollywood a finales de los 90. “Té con Mussolini estaba bien, pero hubiese sido mucho mejor si al principio de la pelícla a Cher le hubiesen podado la cabeza”.

Y luego estaba Dennis Hensley, un pedazo de maricón que hacía las mejores entrevistas. “Hice una película sobre una competición de peluqueras” –le dijo un día lamentándose la olvidada actriz Rachael Leigh Cook–. “¿Pero quién va a ver una película sobre PELUQUERAS?”. Y le respondía Hensley: “¡¡¡Yo mismo!!!”. Dennis quería ser bailarín y en su instituto fue el protagonista de algo llamado Snoopy: the musical, algo que le debió de valer meses y meses de hostias en el quiosco de las chuches. En 1989 se presentó al casting de bailarines del Blonde Ambition Tour de Madonna y su experiencia fue traumática. Escribió una historia contando todos los detalles sucios llamada Confessions of a toy boy wannabe y la envió a todas las revistas que estaban en circulación entonces en Estados Unidos. Solo le respondieron de Movieline. Después de eso, se quedó con ellos para siempre.

Las entrevistas de Hensley y de casi todos los demás en la revista eran las mejores. Nada de preguntas grandilocuentes. ¿Sacabas buenas notas en el instituto? ¿Has probado la viagra? ¿Alguna vez te has acostado con otro hombre? ¿Es cierto que estás bien dotado? ¿Cuánto has cobrado por hacer esta película? ¿Qué te parece la persona que Time ha elegido este año como personaje del año? ¿Te sientes superior a los demás muy a menudo? ¿A ti que te parece realmente Gwyneth Paltrow? Están las entrevistas que quieren hacer un retrato fiel y certero y luego están estas, las que lo hacen de verdad. Aunque la gente suele confundirlas.

Ah, qué divertida era esta revista. En el año 2000 publicaron Teen Movieline, con la que intentaban emular a Teen Vogue y hacer una publicación de cine para adolescentes poniendo a actores y actrices guapas en todas las páginas. Una amiga tuvo a bien enviarme unos números que encontró en su ciudad, porque yo en la mía jamás la encontré.

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Un intento admirable, pero no debió de salir muy bien porque duró solo unos meses. Movieline, ya convertida en Hollywood Life, que era más aburrida, cerró en 2009, el mismo año en el que otros tipos que eran fans de la revista anunciaron su intención de mantener su espíritu en una web. Los tipos eran cuatro de los creadores de Gawker, la mejor web que existe y la única que hay que leer para saber lo que pasa en el mundo. Seguramente también crecieron leyendo la revista. Hay gente que sabe sacar más provecho a las cosas que yo.

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Hoy: John Paul Larkin

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En esta entrada sabremos cómo un tartamudo llegó a vender su propia línea de muñecos y aparecer en las latas de Coca Cola de Japón. Se llamaba John Paul Larkin y nació en 1942 en un hogar humilde de California. Tardó unas ocho o nueve sílabas en pronunciar su primera palabra completa. El problema que lo aquejaba era realmente grave: estaban los tartamudos y luego estaba John, que durante su infancia tuvo realmente difícil comunicarse con los demás. Así que a los ocho empezó a tocar el piano porque pensó que sonaba mejor que su voz. Y a los catorce vio la siguiente actuación en la tele:

Era Ella Fitzgerald cantando How high is the moon (aunque en el minuto 4:25 ofrece una preciosa rendición de It’s been a hard day’s night de los Beatles). Casi llegando al segundo minuto, notará el lector, se vuelve loca y empieza a soltar sílabas sueltas que se repiten sin sentido.

–¡Eso lo hago yo totototototodos los días para pedir el dededededededesayuno! –debió de exclamar John dejando caer un trozo de sandwich a la alfombra.

Ella Fitzgerald no se había inventado esto, pero sí lo hizo popular. Se llamaba scat (nada que ver con comer heces) y ya lo venían haciendo Al Jonson y Louis Amstrong desde los años diez inspirados a su vez por otro señor todavía más viejo que lo hacía en el siglo XIX ante un piano, Jelly Roll Morton, un cantante de habaneras. Cuando le preguntaron al tal Jelly qué estaba haciendo al tartamudear dijo: “Nada, esto no es nada, es para dar… ambiente”. Y siguió soltando sílabas sueltas ante el piano. Al público le encantó.

Nuestro pequeño John se hizo pianista de jazz y tuvo bastante suerte. En 1984 le ofrecieron tocar en un crucero. Tenía 38 años y decidió que era una oportunidad unica para probar aquello del scat. El público, en medio del mar, no podría huir muy lejos. Para su sorpresa el publicó reaccionó con entusiasmo y (ya en tierra) se recorrió clubs de Nueva Orleans a Chicago soltando sílabas sin orden ni concierto ante los mismos pianos tras los cuales antes se ocultaba. Publicó discos que no vendieron nada y se apilaban en el sótano de su casa. También, como buen cantante de jazz, se encargó de repartir su tiempo entre hacerse rayas de cocaína y vaciar botellas de Jack Daniels. Cuando uno de sus mejores amigos de murió por una sobredosis, John llegó a casa y le dijo a su esposa (Judy, también alcohólica en rehabilitación):

–Recoge tus cosas, que nos vamos a Berlín.

Allí John conoció a un agente que lo puso a tocar en restaurantes de hoteles, lo cual les permitía vivir bastante bien y mantenerse alejado de la flora, fauna y tentaciones del inframundo. Pero Judy creía que su esposo servía para algo más y entregó a su agente una cinta con ejemplos de su marido haciendo ese divertidísimo scat ante un piano, algo que en los noventa estaba de capa caída, por no decir completamente olvidado. El agente lo escuchó en el coche y llamó enseguida a John.

–Nunca había escuchado algo así, ¡tenemos que hacer algo con esto! –le dijo entusiasmado.

Sitúense: Berlín, principios de los 90. Estaba muy claro qué iba a hacer con eso. Aunque a John le pareciese la idea más detestable del mundo. “Bueno, haré lo que sea”, respondió en un momento dado John, seguramente con la fiel Judy escuchando emocionada al lado del auricular. John se animó y escribió una canción dedicada a levantar el ánimo de los tartamudos del mundo que decía así:

Todos tartamudeamos de una manera o de otra/No dejes que nada te eche atrás/Si yo puedo conseguirlo, tú también/Todo el mundo decía que tartamudeo/Pero, “¡oh, no tartamudea cuando canta!

John Paul Larkin, el hombre tartamudo que amaba el jazz y a Ella Fitzgerald sobre todas las cosas en el universo, se hizo famoso a los 53 años de la noche a la mañana cuando la filial BMG/RCA Records en Hamburgo decidió publicar como single esto que se había grabado en seis horas. Les quedó así:

Ahora se llamana Scatman John, por decisión de la discográfica, y su éxito Scatman (Ski-ba-bop-ba-dop-bop) fue número uno en trece países en 1995. No solo fue uno de los cantantes más mayores que lograba un número uno en Europa (tres años después los ingleses se reían de que Cher, con 52 años, consiguiese el récord de single más vendido de la historia en Reino Unido con Believe) sino que lo hizo con una canción de ánimo para tartamudos. Ah, el mundo era entonces un lugar divertidísimo.

Aunque esto tenía pinta de one hit wonder mirase por donde se mirase, su siguiente single también logró un éxito considerable. Era solamente un poco mejor que el anterior y se llamaba Scatman’s World (eso de tener un nombre absurdo e incluirlo en el nombre de todas tus canciones también es una cosa muy de su tiempo). Cuando se estrenó en su momento algunos avispados observaron que John había compuesto una canción que se podía reproducir perfectamente al mismo tiempo que el Canon en re mayor de Pachelbel sin que ninguna de las dos desentonase. La gente que lo bailaba en las discotecas light ni se enteró, pero era cierto. Aquí está la prueba:

Tal vez esta historia sería más bonita si resultase que estas canciones tenían un subtexto de un profundidad abisal o un entrelineado magnífico, pero las letras no eran el fuerte de John Paul Larkin, que prefería tartamudear y tocar el piano. El tono de Scatman’s world era casi infantil. “Tartamudos, gordos, blancos, negros, marrones, habladme del color de vuestra alma”. Pero dio igual. Vendió ocho millones de discos y fue premiado por MTV como el mejor artista masculino del año.

Y después de eso sí: Scatman John se quedó para vestir santos en el país que te acoge cuando tu fama ha pasado ya en el resto del mundo. ¡Japón! El mismo en el que Bananarama aún son unas superestrellas y en que Twin Peaks: Fuego camina conmigo de David Lynch llenó todos los cines tras vaciar los de todo el mundo occidental. Pues a los japoneses les encantó esto:

Y Japón es un sitio fantástico donde ser una estrella. Te sonríen cuando no suelen sonreir a nadie, hacen muñecos con tu forma y te ponen en las latas de Coca Cola. Sus canciones sonaban en anuncios de cosméticos y de pudding. Y eso que la presencia de Scatman en sus propias canciones hacía que no sirviesen para casi nada excepto para ser cantadas por Scatman en vídeos donde aparecía Scatman. He aquí una lista de títulos de sus canciones:

230614104768Welcome to Scatland
Scatman’s World
Scatman (Ski-Ba-Bop-Ba-Dop-Bop)
Song of Scatland
Scatmusic
Pripri Scat
Scatman’s Dance
Scat Me If You Can
Scatmambo

En 1997 Tim Robbins, que había sido nominado dos años antes al Oscar por Pena de muerte, esa película larguísima en la que Susan Sarandon aparece sin maquillar, se prestó a lo siguiente:

John Paul Larkin, o esa creación detestable que con el tiempo aprendió a amar llamada Scatman, disfrutaba de sus últimos días de fama residual. Lo del tartamudeo ya había dejado de tener su gracia. Su siguiente disco se llamó Take your time y se publicó en junio de 1999, cuando en Europa ya se estilaba más William Orbit que 2Unlimited. Vendió un poquito en Japón y nada en el resto del mundo. Por aquel entonces John ya no tenía cuerpo para promocionar nada. Durante la grabación de Take your time le diagnosticaron un cáncer de pulmón que lo mató en diciembre de ese año.

Hoy forma parte del Paseo de la Fama de la Asociación Nacional de Tartamudos de EEUU junto a James Earl Jones, Joe Biden, Emily Blunt y Marilyn Monroe. Su fiel esposa Judy, la que lo animó a hacer todo esto, mantiene una página de Facebook en la que está en contacto con sus fans y publica fotos y material inédito. Las canciones de Scatman podían ser horribles, pero esa foto de perfil de Judy y John Paul Larkin parte un poco el co(cocococo)razón.

Publicado en 1995, Música, Sin categoría | Etiquetado , , , | 2 comentarios