Hoy: Jane Byrne en Cabrini-Green

jane byrne mayorNunca he estado en Chicago, ¿ustedes? Yo sé que me encanta sin que sea necesario ir a comprobarlo porque todo lo realmente importante en las películas ha pasado allí. Cuando la pobre Carol Anne Freeling dejó su casa de suburbio de Los Ángeles en Poltergeist III no se fue a vivir a Nueva York, sino al edificio Hancock de Chicago, y lo embrujó entero. En Muñeco diabólico Chucky aterrorizaba a un niño mientras su madre trabajaba en la sección de perfumes de unos grandes almacenes de Magnificent Mile. En Candyman (volveremos a ella) Virginia Madsen huía del manicomio y se enfrentaba a una ciudad hostil y gris. Y hacía lo mismo que todos los personajes que se ven en una encrucijada en esa ciudad: se colocan en uno de los puentes sobre el Chicago River (que debe de estar sucísimo pero luce una barbaridad en pantalla), mira a uno y a otro lado de la urbe, que ahora está a punto de consumirlos, y el zoom se aleja para mostrarlos como una hormiguita que no sabe qué dirección tomar en la segunda jungla de cemento más grande de Estados Unidos.

Y además Chicago tuvo a Jany Byrne. Hoy vengo a hablar de ella. Jane Byrne ha sido la única alcaldesa que ha tenido la ciudad. Entró en política porque colaboró en la campaña para aupar a John Kennedy. Pero no tenía demasiada ambición en el mundillo entonces. Kennedy únicamente le parecía un señor que hablaba muy bien y estaba muy bueno. Aquellos días nuestra heroína estaba algo perdida en la vida: el marine con el que se había casado en 1956 se murió en 1959 al estrellarse su avioneta. La dejó con una hija a cuestas. La administración Kennedy le ofreció un trabajo, pero su chiquita tenía tres años y no quería llevársela demasiado lejos. Aún así se quedó haciendo cosas aquí y allí con los demócratas en Chicago. Hasta que en 1979 se presentó a alcaldesa con una campaña dirigida principalmente a parias, negros y maricones.

Jane no tenía pinta de política aguerrida, sino de ama de casa de las afueras que pasaba por allí. Y se enfrentaba a un señor llamado Michael Bilandic que llevaba ya unos cuantos años sentado en el sillón de la alcaldía y había invertido un millón y medio de dólares de la época en una gigantesca campaña electoral. Jane invirtió únicamente setenta mil. Te vas a hundir, le dijeron.

Pero entonces empezó a nevar. Una tormenta invernal de las que hacen historia asoló Chicago durante la campaña y mientras el hielo y la nieve paralizaban la circulación de la ciudad durante semanas, Bilandic se quedó en casa al lado de la chimenea y cabreó a todos sus votantes. Jane Byrne ganó con mayoría absoluta.

Feliz y contenta en el Orgullo Gay

Feliz y contenta en el Orgullo Gay

Se convirtió en una gobernanta bastante simpática y ambigua. Reguló la venta de armas. Fue la primera alcaldesa en participar en la marcha del Orgullo Gay de la ciudad. Acudió personalmente a a reñir a los bomberos que pretendían disparar a un escalador fortuito que trepaba por el Hancock Center y subió al piso 38 a sacar la cabeza por la ventana para decirle al hombre araña que hiciera el favor de acabar pronto lo que fuese que estaba haciendo. Pero a la vez intentó cargarse un festival llamado Chicagofest, donde actuaban Frank Sinatra, Joan Jett, Willie Nelson y los Doobie Brothers. Las élites cultas de la ciudad dijeron que Byrne veía el Chicagofest como un triunfo del alcalde anterior y quería borrarlo de su vista, pero Byrne contó en una entrevista que en realidad veía el Chicagofest como un festival para señoritos blancos de los barrios altos en los que no cabían los negros ni los menos adinerados, así que quería convertirlo en una serie de festivales más pequeños por toda la ciudad donde cupiesen los desfavorecidos.

El amor por los menos desfavorecidos llevaría a nuestra Byrne a hacer lo que descubriremos luego.

Respecto al Chicagofest, Byrne lo mantuvo debido a la presión popular, pero le cambió el nombre por ‘Mayor Jane M. Byrne ChicagoFest’. Con todo su coño. Dio igual, porque el alcalde que la sucedió se lo cargó en cuanto llegó al poder.

Pero a lo que íbamos: lo interesante de la señora Byrne es lo que ocurrió con Cabrini–Green.

34Cabrini–Green era un complejo de viviendas sociales construido entre los años cuarenta y sesenta. Una serie de rascacielos/ratonera con viviendas funcionales y feas donde cabían 15.000 almas cuyos sueños y esperanzas apenas ocupaban metros cuadrados. Estaban a un paseo de veinte minutos del downtown, donde vivían los poderosos y estaban las boutiques de lujo. Los edificios fueron ocupados por una población de mayoría afroamericana (un 84%, dicen algunos informes de por ahí) y las bandas tomaron el control. A la vez que se ocupaban de la redecoración de los ambientes (los grafittis cubrían el horroroso hormigón de los pasillos, seguramente dándole un aire mucho más cálido) tenían que lidiar con infraestructuras que no funcionaban (agua y luz) y con pilas de basura que en una ocasión alcanzaron el piso número 15 de uno de los edificios. Los encargados de limpieza sentían terror al tener que acercarse a la zona, ahora infestada por ratas y cucarachas.

En los setenta el ayuntamiento organizó instalar vallas de acero en los pasillos exteriores de los edificios porque los vecinos se dedicaban a arrojar a través de esos huecos sus bolsas de basura (o a otros vecinos). A partir de entonces Cabrini Green se convirtió oficialmente en una fortaleza. Ocultos tras las vallas de acero, los líderes de las bandas disparaban de forma feliz y cómoda a los policías que osaban acercarse. Y se cargaron a unos cuantos.

Un niño de siete años que paseaba de la mano de su madre camino a su vivienda también falleció cuando alguien disparó desde otro de los corredores. Y las celebraciones de Nochevieja en Cabrini Green consistían en pegar tiros al aire, lo que hizo que durante algunos años las autoridades desalojasen las calles aledañas.

Y luego está el caso de Girl X. Volveremos a Jany Byrne, pero hay que hablar de Girl X para entender realmente el infierno de escaleras y hormigón que era aquello.

Girl X se hizo moderadamente famosa en 1997. Tenía 9 años y era residente de Cabrini–Green. Volvía a su casa cuando un vecino la violó, la golpeó, intentó estrangularla y le hizo tragar veneno matacucarachas. Después dibujó en su cuerpo símbolos de algunas de las bandas que controlaban el complejo para despistar a la policía. Cuando la encontraron la niña estaba desnuda, con su camiseta apretándole el cuello, los ojos en blanco y expulsando espuma por la boca. Llegó al hospital en estado comatoso. Detuvieron a un vecino de 25 años que fue condenado a 120 años de prisión. Girl X sobrevivió, pero actualmente es ciega, muda y paralítica por los efectos del veneno que le hicieron tragar.

Curiosamente este hecho ocurrió dos semanas después de que encontrasen violada y (en este caso) asesinada a otra niña llamada JonBenet Ramsey, que se hizo diez veces más famosa. Pero Ramsey era una reina infantil de la belleza de familia rica y blanca. Girl X era negra y pobre. Su denominación no podía ser más acertada, porque como la mayoría de víctimas de Cabrini–Green ni siquiera tenía un nombre. Enfrentar los dos casos fue inevitable y ayudó a poner el drama de Cabrini en primera página, gracias a que estrellas como Oprah Winfrey le dedicaron programas especiales. Qué cosas: Oprah Winfrey, también originaria de Chicago, era por aquel entonces la única multimillonaria negra en el mundo y tenía sus estudios centrales, Harpo (que es Oprah escrito al revés) no demasiado lejos de Cabrini Green.

En cualquier caso, Winfrey y otras personalidades ayudaron a recaudar dinero para las facturas hospitalarias de Girl X. El Chicago Housing Authority le dio tres millones de dólares a ella y a su madre. En 2009 el Chicago Sun Times dio nombre a Girl X: se llama Shatoya Currie y tras haber cumplido los 22 no podía seguir viviendo en el centro de rehabilitación en el que había pasado trece años. Lo último que leí era que Jennifer Hudson había expresado interés por conocerla (Shatoya, ciega y sorda, no podrá reconocer a ninguna celebridad). No he encontrado dónde está la pobre metida actualmente ni si Hudson llegó a visitarla.

No me he olvidado de Jane Byrne, pero había que poner sobre la mesa el horror de Cabrini Green para allanar el terreno antes de contar lo que hizo la alcaldesa en 1983, en un momento en que (incluso sin Girl X) el complejo se había convertido para ella, igual que para todos los alcaldes que la precedieron y sucedieron, en un gigantesco grano en el culo.

Jane Byrne quiso demostrar que iba a cambiar las cosas en Cabrini Green y empezó a frecuentar el lugar.

En 1981 celebró la Pascua en la principal avenida que cruzaba aquel complejo de la muerte colocando tiovivos y muñequitos. Un coro góspel cantó con ella para felicitar a los desgraciados habitantes de aquel agujero. Algunos siguieron la música, pero otros criticaron a la alcaldesa con pancartas. La feliz mañana de Pascua acabó con hostias policiales en Cabrini–Green, el lugar donde habían inventado las hostias.

Byrne no se quedó contenta. Y decidió hacer algo todavía más loco.

Se fue a vivir allí.

Era marzo de 1981. Shatoya Currie aún no existía, pero una adolescente acababa de ser entonces violada en uno de los corredores del complejo y había habido unas cuantas muertes durante los frecuentes tiroteos. Byrne dijo a la prensa que estaba horrorizada y se quedaría allí “lo que fuese necesario hasta limpiar el lugar”.

Efectivamente se limpió el lugar, al menos atendiendo al término literal. El edificio donde se mudó Jane Byrne con su hija y su marido (se había vuelto a casar en 1977) se desratizó y un pelotón de seguridad custodió el apartamento día y noche. Los residentes afirman que las cosas se tranquilizaron con semejante despliegue. A Byrne le sirvió. Tres semanas después de llegar puso pies en polvorosa.

Según el New York Times, un año después las cosas volvían a ser como antes y las bandas volvían a tomar el control del edificio. Bueno, no exactamente como antes: una de las medidas de seguridad que se tomaron en el apartamento al que se mudó Byrne durante tres semanas fue tapiar la puerta trasera que tenían todas las viviendas. Cuando se fue, aquel apartamento blindado se convirtió en una perfecta fortificación para las bandas, que empezaron a hacer lo mismo con las puertas traseras del sus apartamentos. Las cosas, en realidad, eran peores.

La mayoría de padres residentes en el edificio envió a sus hijos a vivir con familiares en otros barrios para librarlos de tener que pagar una cuota a los líderes de las bandas a cambio de no ser acosados. Según ese mismo artículo del NYT, los vecinos se pasaban el día “dentro de sus apartamentos por miedo a ser robado, viviendo sus vidas a través de las telenovelas”.

¿Y saben qué veían?

Esto:

Es la cabecera de la sitcom Good times. Y sí, eso que aparece en los créditos es Cabrini–Green. Good Times relataba la vida feliz de una familia negra de clase media cuya existencia discurría entre gags y risas enlatadas… en Cabrini–Green. Una versión higienizada, amigable, segura. Uno se pregunta si iba de broma o en serio porque la serie estaba creada por Norman Lear, ese señor amante de las series que mostraban un mundo al revés y también creó la efímera All that glitters, en la que el mundo lo manejaban las mujeres, los hombres eran secretarios y amos de casa y aparecía el primer personaje transexual visto en televisión.

En el tema de cabecera  de Good Times un coro gospel –igualito que el que acompañaba a Jane Byrne en aquel discurso que acabó con represión poilicial– cantaba lo siguiente a los espectadores:

Temporary lay offs
Good Times!
Easy credit rip off.
Good Times!
Scratchin’ and surviving
Good Times!
Hangin in a chow line
Good Times!
Ain’t we lucky we got ‘em
Good Times!

Good Times duró  seis años, dos más que Jane Byrne en la alcaldía. Perdió las elecciones en 1983, dos años después de su desastrosa y efímera visita a Cabrini.

En 1992, se estrenó Candyman, adaptación de uno de los cuentos de terror más tristes que ha dado la literatura de terror (Lo prohibido). La descripción que se hace de Cabrini–Green ayudó a forjar la leyenda: la de una comunidad rodeada de bandas y sangre, pero cuyos vecinos achacan todas las desgracias a un ente sobrenatural llamado Candyman que se aparece cuando uno le nombra cinco veces ante su reflejo (algo curioso teniendo en cuenta que era difícil que cualquier superficie en aquel montón de mierda devolviese un reflejo de algo). La imagen de Virginia Madsen (que interpreta a una profesora universitaria que investiga el asunto y nunca ha estado tan bien en ninguna otra película como está aquí) llegando al complejo con su abrigo caro y su piel pálida recuerda inevitablemente al vídeo de Byrne. Incluso el peinado es parecido. Tanto en el cuento como en la novela, la mujer blanca acaba pagando con su vida la osadía. Al menos a Byrne solo le costó las elecciones. Sigue entre nosotros con la salud maltrecha, pero viva.

Cabrini Green siguió siendo un problema para todos los alcaldes que la sucedieron hasta que en 2010 alguien decidió ir al fondo de la cuestión y demolerlo.

Este vídeo es poesía:

Estas son las últimas fotos que se tomaron del edificio antes de su desalojo y demolición. Se publicaron en el Wall Street Journal. Un paseo por ese lumpen que no es cómico y mugriento, sino triste y terrorífico. Un centro comercial gigantesco abrirá sus puertas aquí dentro de dos meses. Miren el nombre y el símbolo de la cadena de grandes almacenes que va a ocupar el lugar del complejo donde vinieron a morir los desheredados. Ni hecho aposta.

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Lucía Etxebarría, el flash, la telerrealidad

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¡La tele! Yo no adoro la tele solo porque adorarla sea inherente a cualquier ser humano equilibrado y con la cabeza sana, que también adora el aire fresco cuando hace calor y la cerveza fría cuando tiene sed, sino porque desde muy pequeño me di cuenta de que es un elemento aglutinador y mágico que te permite establecer milagrosas alianzas con los seres humanos que te rodean. Cuando pasé unos años cumpliendo pena en esas cárceles turcas que la gente llama el colegio y el instituto, me costaba una barbaridad encontrar nada de que hablar con mis semejantes. No porque fuese yo un ser superior y superdotado, ya me gustaría. Probablemente por todo lo contrario, por ser un pardillo con las habilidades sociales de un jerbo. Pero el asunto es que cada vez que ocurría un evento televisivo importante (que podía ir de que la Toñi intentaba meterse de nuevo en la cama de Arturo Fernández en La casa de los líos a que Vanessa volvía a hacer bullying a Ania en Gran Hermano) sabía que al día siguiente podría ir feliz al instituto a hacerme oír en los corrillos de alumnos, que por una vez no iban a hablar de un gol de Mijatovic o de cómo le olía el coño a la gorda fácil de 3ºB.

Así que crecí sabiendo que la tele no era solo una fuente de entretenimiento, era también la víspera de un buen día.

Hay gente que no tiene tele en casa. Hay gente que la considera un cacharro que transmite mensajes infectos y propaga incultura y confusión. Hay gente, la de peor calaña, que considera que en el lado contrario del espectro está un buen libro. Me encantaría saber si todos los que presumen de no ver la tele realmente alguna vez han tocado un libro. Y me gustaría saber todavía más qué libro era ese. No concibo que alguien no tenga tele en casa como respuesta a un principio ético y moral (si tiene otras razones, como que se le estropeó y nunca se acordó de llevarla a arreglar o que se la tiró por la ventana a un amante en un ataque de despecho, me parece bien). Me parece absolutamente peregrino que alguien pueda mostrarse preocupado por el mundo y la cultura que le rodea y no vea la tele, aunque sea a modo de mero ejercicio antropológico. Que no sepa que ‘Los vigilantes de la playa’ es la serie vista por más millones de espectadores alrededor del globo y pueda articular una pequeña teoría. O que Twin Peaks fascinó especialmente a los japoneses, entre los que caló como un verdadero fenómeno social más que un éxito entre la crítica y un público exquisito, como había ocurrido en el resto del mundo. Saber quién o qué son Mark Frost, Paolo Vasile o La fábrica de la tele me parece igual de necesario que saber citar dos o tres obras de Baroja.

Cuando se hacen listas de los personajes más odiados del país, ya las haga El Mundo o aparezcan en las chiripitifláuticas listas del 20 Minutos, el grueso de los personajes son televisivos. Sirva esta lista hecha por lectores del 20 Minutos. Los treinta personajes más odiados de España salen en la tele, casi todos ellos en Telecinco, casi todos en programas de corazón o reality shows. Esto indica dos cosas: una, que la gente es tonta de capirote, sí, y probablemente los que han votado no han leído nunca un periódico porque no hay un solo ministro corrupto, ningún banquero pesetero, ningún alcalde enviciado y ningún constructor aficionado a destrozar costas. La otra es que, nos guste o no, si tantísima gente odia a estos seres es porque han creado vida. Y no debe venir ningún aristócrata de la alta cultura a coartarla.

En 2011 hubo un escándalo en los círculos educativos de Estados Unidos porque una de las preguntas en la prueba de comentario de texto de los SAT (la Selectividad de allí, más o menos) versaba sobre la telerrealidad. La pregunta era: “¿Puede ser realmente auténtico un programa de telerrealidad cuando los productores diseñan desafíos y tramas para los participantes y luego los montadores alteran y cortan escenas?”.

La prensa publicó algunas de las respuestas de los alumnos, que muchos habían compartido en los foros de sus respectivos institutos. Los que veían televisión hablaron de cómo American Idol podía tener una influencia positiva en los espectadores a la hora de luchar para conseguir sus sueños o The biggest loser (uno sobre perder peso que está a punto de traer La Sexta a España, si no me equivoco) promovía una alimentación sana y fomentaba el deporte. Algunos no habían visto en su vida un reality, pero hicieron gala de una admirable inteligencia al discernir sobre la posibilidad de la objetividad real en cualquier imagen o relato hasta ponerse a hablar de Jacob Riis.

Jacob Riis fue un fotógrafo danés que en el siglo XIX revolucionó la prensa al captar instantáneas de vagabundos, putas y lumpen en general. Pero algunos le acusaban de manipulador. ¿Por qué? Porque resulta que Riis fue el primer fotógrafo en usar el flash. El flash manipulaba la imagen. Arrojaba luz sobre lo que estaba oscuro. Para el público en general, hasta entonces, los vagabundos, putas y lumpen en general eran esto: 

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Después de sus flashazos, empezaron a ser esto:

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¿Puede ser realmente auténtico un programa de telerrealidad cuando los productores diseñan desafíos y tramas para los participantes y luego los montadores alteran y cortan escenas?

Los más tontos, indignados ante la presencia de una pregunta sobre cultura de masas en una prueba de acceso a la universidad, se limitaron a afirmar que la televisión es un cáncer que no querían que se reprodujese en sus células. Espero que suspendiesen todos.

Ayer, viernes 27 de julio, hubo un ejercicio de televisión que recordaremos todavía dentro de muchos años. Lucía Etxebarría, escritora que no tiene tele por principios éticos y morales y que presume de no verla, acudió a Sálvame Deluxe

A mí me gusta Lucía Etxebarría por lo mismo por lo que me gustan Jiménez Losantos o Sánchez Dragó, porque son rebeldes, pagados de sí mismos, con espíritu de guerrilleros y sin ganas de quedar bien con nadie. Pero no hace falta estar de acuerdo con alguien para que te caiga bien, menudo aburrimiento. A menudo dicen cosas que me provocan ganas de soltarles una colleja, pero en general creo que son enormemente necesarios en el mundo.

Y también me gusta Sálvame. Está lleno de gentuza que emite mensajes tóxicos y que no sabe conjugar un verbo o subordinar una frase, lo sabemos, pero a la vez ha creado un género extremo en su campo. Porque Sálvame no es neorrealismo televisivo ni ironía posmoderna, o al menos a mi no me lo parece. Es un género llevado al extremo y las cosas llevadas al extremo en la tele siempre resultan asombrosas y divertidas. No creo que difiera mucho en forma y contenido de los programas de alpinismo en los que vemos a Jesús Calleja tiritar de frío o cagar caca sólida por congelación en la cumbre del Mont Blanc. En su día, debo admitir con vergüenza, me hipnotizaba el debate político de La Noria porque también era un género llevado al extremo: gente a muerte de la izquierda contra gente a muerte de la derecha que se gritaba, se insultaba y abandonaba el plató a un ritmo endiablado. El blanco contra el negro, sin ninguna gama de grises. Paolo Vasile, oh, genio contemporáneo, dijo una vez en una entrevista que eso era lo que quería ver la gente un sábado por la noche si no había tenido la fortuna de poder ir al teatro, al cine o a cenar con amigos.

Ojalá hicieran un programa de cine extremo, con Carlos Boyero, Antonio Gasset y Jesús Palacios arrojándose rollos de celuloide. O uno de cocina extrema, con Arzak y Adriá azotándose con cebollinos. Regalo desde aquí esta humilde idea a los programadores: por favor, hagan un programa extremo de absolutamente todo. Hasta del informativo. Recibirían mil denuncias por vulnerar el horario infantil, claro, ese invento del demonio que seguramente salió de unos cuantos ministros que tenían mucha querencia por abandonar a sus hijos frente a la tele para que no molestasen y no querían que una teta se cruzase en su camino.

Pero por ahora el extremo solo lo tenemos en Sálvame. Una vez una productora de ‘Gran Hermano’ me dijo: “Me río de los que dicen que Gran Hermano no es educativo. La televisión es un electrodoméstico. El día en que los padres decidan que la lavadora tiene que inculcar valores a sus hijos, hablamos”. Cualquier televisión privada debería tener permiso para emitir porno duro a la hora a la que le venga en gana porque cualquier padre debería tener autoridad para decirle a su hijo que hay un canal que ni se le ocurra tocar. Y deberían inventar un mecanismo fácil para que los papás bloqueen canales, claro. Pero no legislar como si fuésemos monos tití.

Pues lo que decía, Lucía Etxebarría presume de no ver la tele y se metió en un reality show y en Sálvame Deluxe. No sé si Lucía hubiera pasado la prueba de los SAT con la pregunta de la telerrealidad. Probablemente tiene armas para poder salir triunfal de la pregunta sin haber visto en su vida Gandía Shore. Lo que sí sabemos es que Lucía no es nueva en la tele. La he visto en mil debates y además en Telecinco. La he visto en Dos Rombos. Ha ido al programa de Jaime Bayly, ese peruano brillante, deslenguado y criticón cuyo programa se llamaba El Francotirador y no por nada. Ha ido a La Noria. Así que Lucía sabe de qué va la tele. Pero más intrigante me resulta discernir si sabía o no en qué tipo de programa se estaba metiendo al entrar en Campamento de verano, esa oferta que aceptó, según dijo, para poder pagarse unos asuntitos de Hacienda.

Escribió esta mañana en su página de Facebook (una página que quiero impresa y encuadernada entera para releer en las frías noches de invierno) lo siguiente:

“Cuando acepté entrar en ‘Campamento de Verano’ se me dijo que iba a ser un programa muy fácil , una especie de ” retorno a la infancia” ( textual) y que no debía tener ningún miedo porque como se emitía en verano y en horario infantil iba a ser diferente de los demás realities”. 

Me creo a Lucía. ¿Me creo a Lucía? No lo sé. Estoy a su favor en esta historia porque considero que, realmente, puede ser tan tonta como para no saber cómo funciona un reality si no tiene tele. Y más un reality en Telecinco. Ha ido a muchos programas, ¿pero los ve desde casa? Ayer Sálvame Deluxe, el programa de corazón extremo, fue el triple de extremo por su presencia allí. Lucía les pedía que no gritasen. Les pedía que le hablasen de uno en uno. Se refería a estudios antropológicos que examinaban la conducta de grupos humanos luchando contra mamuts. Ninguno de los que la entrevistaban se habían leído jamás un libro suyo. No, no tienen por qué hacerlo, pero este servidor de ustedes, cuando tiene que entrevistar a un escritor, intenta leerse su libro o al menos leérselo en parte por respeto, y anda que no he tenido que tragarme buenas mierdas. Y sí, sé que ayer Lucía no estaba en Sálvame Deluxe en calidad de escritora que promocionaba su última obra, pero es al menos sintomático: de cinco colaboradores ninguno había ni hojeado un libro de una de las autoras más vendidas y mediáticas de España. Pero da igual. No hace falta leer para trabajar en Sálvame.

Lucía estaba allí porque, tras abandonar el Campamento de verano, según ella misma, pactó que iría al Deluxe (de la misma productora) y daría una entrevista de 1:45 minutos a cambio de no pagar la penalización que todos los realities ponen en el contrato a sus participantes si abandonan (porque de otra manera todos vivirían un éxodo masivo en cuanto las cosas se ponen feas). Pero cuando solo llevaba cincuenta minutos se puso a llorar en un miniataque de ansiedad que respondía a las críticias de todos los colaboradores. Lucía susurra a la presentadora, recurriendo a ella como si fuese una profesora, “me están haciendo daño”. “Me han dicho que no viniera”. “Por favor, déjame irme”. “No puedes”, le dice Terelu, escuchando órdenes del pinganillo. “Tengo una baja por ansiedad, he venido por presiones y lo sabes. Por favor, pasa a publicidad”. “No puedo pasar a publicidad cuando quiero”, le espeta Terelu, a modo de profesora de Comunicación Audiovisual. Después de negar durante todo el programa que ella nunca había dicho que hubiese otro concursante masturbándose en su misma cabaña, una de las grandes tramas del programa en su primera semana, le susurra a Terelu en el oído, ignorando el hecho de que tiene un micro en la blusa exactamente a diez centímetros: “¿tú hubieras aguantado tres días con un tío masturbándose al lado?”. Y añade, en pleno prime time de la noche del viernes y en directo: “Por favor, cancelemos esto”.

Seguramente Lucía es difícil de soportar si hace gala de una debilidad extrema y considera que todo lo que le rodea es una acción en su contra. Pero a mí me cae bien, qué le voy a hacer. Lo que pasó ayer fue el equivalente a abrir en canal a un cordero vivo en televisión. Y lo peor es que, mientras me tapaba la cara con un cojín y deseaba ir corriendo al plató para llevarme a Lucía corriendo y darle un abrazo en el backstage, no podía dejar de mirar y desear que la entrevista se alargase ad eternum.

Ayer, al principio, cuando Lucía llegó segura de sí misma y hablando de antropología, pensé que el flashazo en la cara se lo habían llevado los polemistas del programa. Cuando ella empezó a hiperventilar al darse cuenta de donde se había metido (mientras Mila Ximénez le chillaba al oído: “¡Estás como una puta cabra!”), pensé que el flashazo se lo había llevado en realidad Lucía. Pero cuando me metí en la cama y no dejaba de darle vueltas a lo que había visto, como si en vez de acabar de ver un programa de corazón hubiese visto ‘El exorcista’, me di cuenta de que en realidad el flashazo me lo había llevado yo.

Ayer en vez de esto:

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Emitieron esto:

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Y ahora pienso volver a verlo.

PD – el vídeo del terrorífico momento en el que la invitada se derrumba está aquí. Y leed también esto otro, que habla de lo mismo y está escrito por una persona que no solo trabajó en ese programa sino que sabe mucho más de tele que yo.

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Hoy: víctimas

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¡Víctimas! Qué concepto tan misterioso. ¿Cuál es el nivel de daño u ofensa hacia la persona de uno para que le den el título? En principio hacerse la víctima a nivel particular está bien. Hay una canción muy bonita de Cerys Matthews que dice: “Tienes que admitir que has estado llorando, nosotros somos los únicos que podemos demostrar que estamos tristes y solos”. Con una piña colada de por medio, contar eso está muy bien. Hagámoslo todos.

Pero luego está la gente como Holly Brockwell.

Pobre Holly, debe de ser una bellísima persona. Pero resulta que un día estaba en su casa y vio un anuncio de Hyundai que no encuentro por ningún lado para pegar aquí porque ha sido censurado. En el anuncio un hombre cierra la puerta de su garaje, se mete en su coche, lo pone en marcha y espera a morir consumido por el humo envenenado que emite el tubo de escape. Tras una elipsis temporal, vemos un plano general de la casa (una de esas americanas, perfectas, indistinguibles de otras), la puerta del garaje abriéndose y al hombre salir con una mezcla de derrota y desesperación. Una voz en off nos informa entonces de que el nuevo Hyundai es el coche que menos gases tóxicos emite a la atmósfera. Nuestro atribulado amiguito había elegido el coche equivocado para acabar con su vida.

Holly es una ejecutiva publicitaria que, según ella, ha trabajado en muchas cuentas de automóviles. Concretamente, trabajó un año entero en Honda. Pero cuando vio el anuncio no vio esa obra maestra de la publicidad con garra y mala uva que vi yo antes de que lo censuraran. Ella, muy al contrario, se puso a llorar sin remedio. ¿Por qué?

Porque su padre se suicidó de esa manera cuando ella era una niña.

Es una historia terrible que Holly ilustra con una foto de su padre y también con la nota de suicidio, que yo no voy a robarle para poner en este blog porque me parece muy feo (y eso que lo robo todo, desde las fotos hasta las ideas). Si viera a Holly me gustaría darle un gran abrazo por lo que le sucedió. Pero lo que hizo a continuación, puede que aún con lágrimas en los ojos o ya sin ellas, fue dirigirse a su blog y redactar una misiva iracunda contra Hyundai.

“Lo que no entiendo –escribió Holly– es por qué un grupo de extraños han hecho que rompa a llorar solo para venderme un coche. Por qué me han tenido que recordar ese horrible momento en el que supe que jamás volvería a ver a mi padre, y todos los momentos que él no ha pasado conmigo. Aquella fiesta de cumpleaños. El día de las notas. Mi graduación”.

Ah, Holly. Podríamos discutir con ella sobre quién es el culpable real de sus lágrimas y yo me inclinaría que es más bien su padre, que eligió morirse en un acto de egoísmo sin precedentes. Claro que quién sabe qué pasa por la cabeza de un suicidio. Está lleno de dolor y el dolor nos hace egoístas, bla, bla, bla. Pobre señor y pobre Holly. Puedo comprender su rabia y puedo comprender que en ese preciso momento la manifestó contra una multinacional japonesa que fabrica automóviles.

Lo que ocurrió después es que la carta se hizo viral. Y que Hyundai censuró ese fantástico anuncio.

Así, de repente. Porque a Holly, una joven ejecutiva de cuentas de Londres, el anuncio le trajo terribles recuerdos. La furiosa masa de la red, tal vez el ente de peor ralea que ha nacido en los últimos años, apoyó a la joven, un corderito degollado que lloraba echando de menos a su padre porque un montón de japoneses desalmados le recordaron aquel día gris en el que decidió meterse en el garaje para no volver.

Pongamos ahora que la madre de un niño de Estepona que se murió haciendo surf ve el anuncio de Cola Cao en el que el repelente niñito canario Yael quiere hacer surf como los mayores. Pongamos que eso le recuerda a aquel fatídico día en el que tuvo que elegir un féretro tamaño uno cincuenta, y a su primer cumpleaños sin él, y al día en que el niño tenía que haber terminado la primaria. Me pregunto qué pasaría si el mundo se moviese alrededor de los sentimientos de impotencia, rabia o dolor que nos invaden cada vez que vemos un mensaje audiovisual que nos recuerda a un acontecimiento aciago. Es que no nos quedaría ni la carta de ajuste, porque seguramente algún pobre señor de Nueva Zelanda se murió de un ataque al corazón mientras jugaba al Twister con sus hijos. Yo mismo, al cabo del día, veo unos cuatro o cinco mensajes que encogen mi corazón durante unos minutos y por ahora no he escrito una carta a nadie.

¿Y por qué?

Porque me tengo que joder. Y Holly también.

Ahora al mundo lo vuelve el victimismo. Y todos sabemos qué es eso. A todos nos rodean cinco o seis victimistas profesionales dispuestos a dejarnos claro que su mal es mucho peor que el nuestro. Uno aguanta eso con estoicismo porque los victimistas en cuestión suelen ser nuestros novios, amigos, hermanos o padres. Pero ahora Holly, de Londres, que nunca me ha pagado una caña y no ha conocido a mi gata, me ha trasladado su victimismo y me ha privado de volver a ver ese anuncio fantástico. Y  eso ya es demasiado.

¡Víctimas! Están por todas partes y nos amargan la existencia. No sé si recordáis aquella intervención delirante de Manuela Trasobares en una televisión autonómica en la que, antes de romper unos vasos y ponerse a cantar ópera, decía “Yo no creo en las víctimas. Las víctimas son la parodia de la sociedad”. Me di cuenta de la maestría de esa frase cuando iba por unos cien visionados en Youtube. Porque los vídeos de transexuales iracundas hay que verlos cientos de veces. Están llenos de pequeños detalles que se te escapan las cincuenta primeras, de pequeñas lecciones sobre la vida que han aprendido a base de recibir hostias de un cliente cuando eran putas en un callejón, y no a base de ver anuncios de Hyundai en el televisor de plasma de su casa de barrio de clase media-alta de Londres.

¡Víctimas! Que alguien se presente como una víctima es tan absurdo como que alguien se queje de tener dos piernas, las mismas que tenemos el 99% por ciento de la población menos Oscar Pistorius y algunos más. ¿Quién no es una víctima de algo? Hay un momento que me enciende especialmente que es ese momento de una conversación televisada con una celebridad marica en la que frunce el ceño, mira hacia abajo y confiesa:

-Lo pasé muy mal de pequeño. Me insultaban.

¿Y a quién no han insultado en el colegio, amiguito? ¿A quién no han insultado por maricón, por bollera, por gordo, por bajo, por alto, por delgado, por tener una quemadura en el cuello, por haber nacido con un labio leporino, por no saber andar en bicicleta o ser incapaz de superar en Gimnasia la prueba del kilómetro en tres minutos? Tal vez porque soy yo mismo manflorita el victimismo gay me repugna, me hace pensar que estamos quedando ante el mundo como si fuésemos una pandilla de borregos buscando un abrazo paternalista de aún no sé muy bien quién.

Bueno, sí, de unos cuantas personalidades políticas y sociales dispuestas a dárnoslo a cambio de arañar votos, popularidad, ventas de discos o clics en sus cuentas de Youtube. Y dispuestos, por tanto, a rasgarse las vestiduras ante la NADA.

Los blogs escritos por gays activistas, o las columnas de opinión de revistas dirigidas al sector, son un ejemplo de infamia llorica. Una especie de tribuna donde se buscan enemigos, nunca responsables, y donde todas las palabras son susceptibles de provocar hondísimas heridas en la conciencia colectiva de los maricones. Para este tipo de blogs, un chiste sobre “pegar el culo a la pared” es una afrenta homófoba. Para este tipo de blogs, la palabra “marica” o “bollera” es un insulto directo y digno de cárcel si no sale de la boca de otra marica u otra bollera.

Isaiah Washington, uno de los intérpretes de Anatomía de Grey, llamó “maricón” a su compañero de reparto T. R. Knight, que es efectivamente maricón. Nunca supimos en qué circunstancias. Lo único que supimos es que la cadena ABC lo echó de la serie inmediatamente.

LO ECHÓ DE LA SERIE, AMIGUITOS.

¿Defiendo yo que Isaiah llamase maricón a T.r.? No. Yo defiendo que T.J., como respuesta, le dijese, apelando al mismo punto bajo que Isaiah, “cállate, negro de mierda”, o le simplemente le propinase un puñetazo si le apetecía. O simplemente pasase, porque “maricón” es una palabra. ¡Una palabra! Una palabra, de hecho, que todos los maricones hemos oido ya tantísimas veces en el colegio que debería haber perdido cualquier tipo de efectividad, igual que el café recién hecho pierde su intensidad a los diez minutos.

¿Qué hizo Isaiah? Ir a la tele a decir:

-Me han echado porque soy negro.

Vamos, otro gilipollas victimista.

Claro que hay gente realmente homófoba, pero es que la homofobia es jodida, jodida, pero jodida de verdad. Es el odio visceral al maricón, el deseo de que no exista. Veo la homofobia como algo auténticamente satánico e insano. Y precisamente por eso no tildo de homófobo a cualquiera, o a cualquier acto o comentario que no me dore la píldora.

¿Que no te parece bien que los gays se puedan casar? Pues no eres un homófobo, simplemente eres un poco anticuado y ya lo acabarás aceptando si te apetece. Y si no te apetece te tendrás que joder. ¿Que tu partido ha puesto un recurso contra el Constitucional para acabar con esa ley? Pues tampoco eres un homófobo, solo eres un poco pesado y tienes demasiado tiempo libre, o una escala de prioridades completamente corrupta y fistra.

El problema es que se piensan que somos gilipollas. No solo los gays, sino en general todos. Como esa gente que se rasga las vestiduras cuando una niña sale maquillada y vestida “de mujer” en una campaña publicitaria. Recordaréis, por ejemplo, la polémica de Vogue Paris por fotos así:

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Esto, dicen, pone directamente el foco de objeto sexual sobre las niñas. ¿Pero qué mirada  podría ver como objeto sexual a una niña que se ha puesto pintalabios y calza unos minitacones? Efectivamente: la misma mirada contaminada de alguien a quien le gusten las niñas de esa manera. Pero amiguitos, esa mirada sucia existirá con las niñas lleven pintalabios y tacones o lleven un peto vaquero y unas babuchas. Y disculpadme por la ordinariez, pero me atrevo a pensar que el que tiene la mirada sucia siempre preferirá la segunda opción: a una niña con peto y babuchas, a la niña inocente e infantil, no a una a la que un estilista hortera (eso hay que reconocerlo) ha decidido vestir un poco putón.

Pero sin embargo, por si acaso, por si alguien se ofende, por si en Internet una entrada en un blog se vuelve viral, por si un grupo de diez madres se manifiestan frente a las oficinas de la revista/marca de ropa que haya hecho unas fotos así… las censurarán. Para protegernos, para evitar que nuestros ojos de borregos las vean. Porque, como os decía, somos todos gilipollas.

Me gustaría que nos dieran la oportunidad un día de no sentirnos imbéciles. Y que nos dejen ver un anuncio que ha ofendido a una pobre huérfana, que podamos concluir que una niña disfrazada de mujer mayor no es nada más que eso, artificio, y que si un señor llama maricón a otro este no tenga que recurrir a las altas instancias. Que solo le responda. Y si no sabe responderle, que simplemente se joda. La vida es una jungla.

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Hoy: Barney Clark

Barney con su señora, Una Loy

Barney con su señora, Una Loy

En 1980 un dentista de Seattle llamado Barney Clark se prejubiló para disfrutar de su familia y de la vida. En 1981 le diagnosticaron cardiomiopatía, una enfermedad que hace que los músculos del corazón se debiliten. Se agotaba si daba los cinco pasos que separaban su cama del cuarto de baño. Su única salida era un trasplante, pero en Estados Unidos no te ponían entonces un corazón nuevo si tenías más de 50 años. Barney tenía 62. Poco antes de las navidades de 1982 le dijeron que le quedaban dos horas de vida. Y un día después se convirtió en una celebridad mundial.

Por orden. El 1 de diciembre le dijeron a su esposa, Una Loy (¡qué nombre!), que su marido no viviría para ver anochecer. Y entonces apareció, como recién bajado de una nube, William DeVries. Era un cardiólogo espigado, elegante y repeinado que le habló de algo llamado Jarvik-7. Era una maquinita hecha de plástico, metal y cables cuyas piezas se engarzaban con el mismo velcro con el que se pegan las hombreras a las chaquetas. Se la había inventado un tal Robert Jarvik que, digo yo, debió de fracasar seis veces antes de dar con la fórmula mágica. DeVries se había interesado por el invento y llevaba tiempo probándolo en animales. Consiguió que algunas vacas viviesen durante muchos meses sin un corazón.

Me siento extraña

Me siento extraña

DeVries era considerado un doctor un poco excéntrico que, entre otras cosas, operaba escuchando rock. La burocracia hospitalaria nunca le había dejado probar la Jarvik-7 en ningún ser humano, pero algo cambió ese día. Tal vez porque ahora el paciente también había sido doctor, y por saber que su tiempo de vida se contaba en minutos, Barney firmó todo tipo de papeles eximiendo al Hospital Universitario de Utah de responsabilidades si la máquina hacía que su organismo explotase en mil pedazos. Aceptó, en resumen, convertirse en el primer hombre que estaba dispuesto a vivir sin corazón. De forma literal, entiéndase. Hombres sin corazón habitan entre nosotros desde el amanecer de los tiempos, nos gobiernan y nos sirven café.

La operación tuvo lugar ese mismo día. Duró ocho horas y el doctor necesitó a catorce asistentes. A petición de éstos, ese día no escuchó rock, sino el Bolero de Ravel. Era este. Sería bonito escucharlo mientras sigue la historia.

Antes de dormise, Barney dijo a los doctores:

-No creo que vaya vivir más de un par de días con esto.

Y todos asintieron para darle la razón con simpatía. DeVries quitó el corazón a nuestro querido Barney y le puso dos válvulas artificiales. Las válvulas iban unidas por cable a un compresor de aire que mantenía el invento vivo y descansaba en el suelo.

El compresor tenía el tamaño de una lavadora y pesaba 180 kilos.

Barney no falleció esa noche ni ninguna de las siguientes. El 6 de diciembre pudo sentarse en su cama de la Unidad de Cuidados Intensivos y mover las piernas. El 20 de diciembre se pudo poner de pie. El 31 de diciembre celebró la Nochevieja con su familia alrededor de su cama. El 22 de enero festejó su 62 cumpleaños con el personal de la clínica. El 15 de febrero, tras 65 días en la UCI, fue trasladado a planta y disfrutó de su propia habitación. Solo duró un día allí: el 16 tuvo que regresar por complicaciones en riñones y pulmones. El 3 de marzo dio su primera entrevista televisada. El sonido del compresor, que sonaba como el latido de un corazón, se escuchaba casi más alto que su voz. Le preguntaron cómo se sentía. Él dijo que no era “demasiado desagradable”.

Pero cuando no estaban las cámaras delante, al menos según algunas crónicas, Barney sufría abundantes hemorragias, el sistema exigía continuas operaciones para cambiar piezas que fallaban y pasaba gran parte del tiempo sin conciencia. Cuando la recuperaba, según esas mismas crónicas, pedía que le dejasen morir.

Se murió el 24 de marzo por deficiencias respiratorias y renales, infecciones, presión pulmonar y fiebre. Habían pasado 112 días. Su esposa Una y sus hijos recibieron cartas de solidaridad de todo el mundo. Barney había aceptado malvivir durasnte tres meses más para que aquel trasto del tamaño de una lavadora salvase otras vidas. De hecho, en un acto lleno de proverbialidad, el Jarvik-7 siguió funcionando perfectamente durante horas después de su muerte, hasta que el doctor DeVries lo apagó.

José María Carrascal estaba ese mismo día en Nueva York, hablando de hombres cin co

Hablando de hombres sin corazón, José María Carrascal estaba ese mismo día en Nueva York

El siguiente señor que se prestó al experimento duró 620 días vivo. Hoy nadie puede vivir con un corazón artificial todavía, pero una máquina muy parecida a esta (y que ya pesa menos que una lavadora) permite que cualquiera pueda estar tan ricamente ingresado en un hospital provincial mientras espera a que aparezca un corazón metido en una nevera portátil. El señor DeVries también se convirtió en una celebridad y apareció en la portada de Time.

Un partidazo

Un partidazo

En 1982 las cosas de la sangre parecían preocupar mucho al ciudadano medio. En plena psicosis del SIDA, la idea de poder vivir sin el órgano que la gobierna debió de parecer todo un ritual de purificación. A mí me lo pareció cuando leí esta historia hace dos meses durante una de las madrugadas que pasé en la sala de espera de un hospital, en una planta en la que la gente también suele estar atenta a que llegue un órgano vivo dentro de una nevera o a que alguien invente el mecanismo perfecto para sustituirlo. Pero aquello tampoco terminó bien.

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Hoy: Samantha Smith

Esta es Samantha Smith:

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Samantha Smith tenía 10 años en 1982 y vivía en una bonita casa de Manchester, Maine, con jardín, porche y perro. Era hija única y se aburría bastante. Veía mucho la televisión y revolvía entre las revistas de sus padres, muy listos –profesor de Literatura en la universidad y trabajadora social–, que se compraban la Time cada semana. En aquel año las portadas de Time eran así:

0,9263,7601820329,00Una noche de noviembre de 1982 vio en la televisión un reportaje sobre la guerra nuclear en el que un experto –cuyos libros de texto seguramente habían sido roídos por un hámster justo por las páginas que hablaban de la Segunda Guerra Mundial– comentaba que las armas nucleares nunca harían que un país ganase sobre otro y sencillamente destrozarían la atmósfera y la vida humana. Samantha quería ser periodista cuando se hiciese mayor, pero temía encontrarse todos los buzones derretidos por la radiación nuclear cuando se acercase a uno a depositar su solicitud para estudiar en Yale.

Al día siguiente se levantó preocupadísima y le preguntó a su madre quién era el miserable que querría empezar una guerra nuclear y destruir el mundo. Su madre, sin dejar de freír el bacon, se limitó a mostrarle esta revista:

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Era Yuri Andropov, recién elegido secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética.

–Pregúntale a él –espetó su madre.

Y Samantha lo hizo. Le escribió una carta. No era la primera, a Samantha le encantaba escribir cartas a los líderes mundiales. A los cinco años ya había escrito una a la reina Isabel II de Inglaterra para decirle cuánto admiraba su valor, a la que los secretarios de Palacio respondieron diciendo algo así como: “Queridísimo/a niño/a SAMANTHA SMITH, tu carta en concreto ha llenado de alegría a su Majestad”.

La que le envió a Anropov tenía un tono menos elogioso. Le escribió lo siguiente:

Estimado Sr. Andropov:
Me llamo Samantha Smith. Tengo diez años. Le felicito por su nuevo puesto. Estoy muy preocupada pensando en la posibilidad de que Rusia y los Estados Unidos se involucren en una guerra nuclear. ¿Votará por la guerra o no? Si la respuesta es no, por favor, cuénteme cómo ayudará a evitar una guerra. Esta pregunta no la tiene que responder, pero me gustaría saber por qué quieren conquistar el mundo, o al menos nuestro país. Dios hizo el mundo para que viviéramos juntos en paz y no para pelear.
Atentamente,
Samantha Smith

Andropov no le respondió y Samantha se olvidó de la carta.

Hasta unos cuatro meses después. Samantha estaba en clase cuando la secretaria del director entró para anunciar que tenía al teléfono a un tipo de Associated Press que quería hablar con la alumna Samantha Smith. Ella respondió que tenia que ser una equivocación, pero la secretaria se la llevó a su despacho y le preguntó con los ojos muy abiertos:

-¿Has escrito una carta A YURI ANDROPOV???

Pasó el teléfono a Samantha. El tipo de Associated Press le dijo que tenía delante un ejemplar del Pravda, el periódico oficial del Partido Comunista, con un artículo dedicado a la carta recibida de una niña de Manchester, Maine, llamada Samantha Smith. Resulta que la carta nunca había llegado a Andropov, pero se ve que alguien del partido la encontró lo suficientemente interesante como para que millones de soviéticos la leyesen.

El padre de Samantha consiguió en su Universidad una copia del Pravda y pidió a uno de sus compañeros de filología que le tradujese el artículo dedicado a su hija. Su colega le dijo que, como introducción a la carta, el periódico había publicado la siguiente frase: “Creemos que se puede perdonar a Samantha por sus ideas equivocadas, ya que solo es una niña de diez años”. A Arthur Smith no le pareció muy bien que tomasen a su hija por una chiflada, así que la animó a escribir al embajador soviético en Estados Unidos, Anatoly Dobrynin, exigiendo una respuesta de Andropov. La niña lo hizo. En su carta le dijo: “Creo que mis preguntas eran buenas. No importa que tenga diez años”.

La respuesta de Andropov llegó al buzón de los Smith a las ocho de la mañana del 26 de abril de 1983. Decía lo siguiente:

Estimada Samantha:
Recibí tu carta, que es como tantas otras que me llegan a menudo de tu país y otros países del mundo. Creo que eres una niña valiente y honesta, parecida a Becky, la amiga de Tom Sawyer en el famoso libro de tu compatriota Mark Twain. Este libro es muy conocido y querido por todos los niños en nuestro país.
Dices que estás ansiosa por saber si habrá una guerra nuclear entre nuestros países y me preguntas si estamos haciendo algo para evitar la guerra.
[…] Sí, Samantha, nosotros en la Unión Soviética tratatamos de hacer todo lo posible para que no haya guerras en la Tierra. Esto es lo que quieren todos los soviéticos. Esto es lo que nos enseñó el gran fundador de nuestro Estado, Vladimir Lenin.
El pueblo soviético sabe muy bien cuan terrible es la guerra. Hace cuarenta y dos años, la Alemania nazi, que buscaba dominar el mundo entero, atacó a nuestro país, quemó y destruyó miles de nuestros pueblos y villas, mató a millones de hombres, mujeres y niños soviéticos.
En esa guerra, que terminó con nuestra victoria, fuimos aliados de los Estados Unidos: juntos peleamos por la liberación de mucha gente de los invasores nazis. Supongo que sabrás esto por tus clases de Historia en la escuela. Hoy ansiamos vivir en paz, comerciar y cooperar con nuestros vecinos de esta Tierra —con los cercanos y los lejanos—. Y por supuesto con un gran país como son los Estados Unidos.
En los Estados Unidos y en nuestro país hay armas nucleares —armas terribles que pueden matar millones de personas en un instante—. Pero no queremos que sean jamás usadas. […] Me parece que esta es suficiente respuesta a tu segunda pregunta: “¿Por qué quieren hacerle la guerra al mundo o al menos nuestro país?”. No queremos nada parecido. Nadie en nuestro país —ni trabajadores, ni campesinos, ni escritores ni doctores, ni mayores, ni niños, ni miembros del gobierno— quiere una guerra grande o pequeña.
Queremos la paz —hay cosas que nos mantienen ocupados: sembrar trigo, construir e inventar, escribir libros y volar al espacio—. Queremos la paz para nosotros y para todos los pueblos del planeta. Para nuestros niños y para ti, Samantha.
Te invito, si tus padres te lo permiten, a que vengas a nuestro país. El mejor momento es este verano. Podrás conocer nuestro país, encontrarte con otros de tu edad y visitar un centro internacional de la juventud a orillas del mar. Y verlo con tus propios ojos: en la Unión Soviética, todos quieren la paz y la amistad de los pueblos.
Gracias por tu carta.
Jovencita, te deseo lo mejor.
Yuri Andropov

Cuando Samantha volvió del colegio, sin saber aún de la existencia de ninguna carta, se encontró su casa rodeada de cámaras. La embajada soviética no solo había hecho llegar esa carta a casa de los Smith, sino que había enviado una copia a la prensa. Esa misma noche, el programa de ABC Nightline entrevistó en directo a Samantha en una conexión desde Washington. Personalmente me llevo mal con los niños, pero si este vídeo no derrite el corazón del lector debería ir a mirárselo.

Unos días después, Samantha cogía por primera vez un avión para irse a Los Angeles y ser entrevistada por Jonnhy Carson, el rey del late night show. Hasta entonces, solo había salido una vez de Maine para ir a visitar a sus tíos en Virginia.

Ese verano Samantha aceptó la invitación que Andropov le ofrecía en su carta para comprobar en persona que los niños soviéticos tenían ojos, nariz y piernas parecidos a los de ella. En julio se fue a pasar una semana a un campamento en la Unión Soviética, concretamente en Artek. Mientras ella llegaba al país, Andropov anunció que detendría todos los proyectos soviéticos de desarrollo de armas espaciales. Alrededor del mundo, cientos de diplomáticos estirados que llevaban años intentando apuntarse este tanto en sus currículums escupían el café del desayuno al leer la noticia en los periódicos.

Samantha nunca llegó a conocer a Andropov personalmente. Por aquel entonces ya hacía estragos en su cuerpito comunista una enfermedad renal que el señor arrastraba durante décadas y lo mató muy poco después. Pero aún así se lo pasó muy bien en la Unión Soviética. En el campamento de Artek organizaban competiciones de natación en un lago y jugaban a los sacos. Hizo muchos amigos, entre ellas Natasha, una de las pocas niñas que hablaba inglés de forma fluida. Todos ellos le preguntaban por lo mismo: por la ropa y por la música pop norteamericana. No solo conoció a niños. Valentina Tereshkova, la primera mujer que viajó al espacio, la invitó a tomar té. Una de las cosas que Samantha contó sorprendida a su vuelta fue la siguiente: “Ninguno de aquellos niños odia a los Estados Unidos”.

Volvió a su pais convertida en una celebridad. Una limusina la recogió en el aeropuerto y se recorrió todos los platós de los informativos del país. Mientras el pueblo llano de Estados Unidos y la Unión Soviética la adoraba por haberse convertido en un símbolo de la paz entre las dos potencias, la intelectualidad miraba con recelo pensando que era un instrumento de los soviéticos para ganarse la confianza de los Estados Unidos y que la jugada del campamento de Artek había sido una pantomima para la que el Kremlin había enviado a los niños de la clase alta soviética. Una periodista de la NBC le preguntó a Samantha si se sentía utilizada como propaganda y la niña le preguntó qué quería decir esa palabra. Algunos periódicos sensacionalistas llegaron a afirmar que la KGB llevaba vigilando a los Smith en Maine desde que su carta había llegado al Kremlin y habían elegido a la niña por su aspecto cándido para desviar la atención de sus planes para destrozar la civilización americana. Pero el padre de Samantha lo desmintió diciendo que la embajada soviética en Estados Unidos le había pedido permiso para difundir en la prensa la respuesta de Andropov. Si él se hubiera negado, aquella carta se hubiese quedado únicamente entre el Partido Comunista Soviético y el cajón de juguetes de su hija.

Disney Chanel pidió a Samantha en 1984 que protagonizase un especial llamado Samantha goes to Washington, en el que la niña entrevistó a los candidatos demócratas a las elecciones de ese año (en las que acabó arrasando el republicano Reagan). Pero la maquinaria de Hollywood ya había empezado a funcionar y quería aprovechar su popularidad para hacer de ella la nueva Tatum O’Neal, no la nueva Barbara Walters. En 1984 tuvo un papel episódico en la sitcom Charles in Charge, que dejó muy contentos a sus creadores. Ese mismo año aceptó ser la protagonista absoluta de su propia serie, Lime Street. Durante esa época empezó a tener a su primer acosador: un chavalito llamado Robert John Bardo de solo 15 años obsesionado con ella que fue detenido por la policía cerca de la casa de Samantha. La detención no duró mucho y pronto lo dejaron en libertad. En 1989 Bardo sí logró encontrar a la que era su nueva obsesión, la actriz Rebecca Schaeffer –que le recordaba a Samantha– y asesinarla de un disparo en el pecho en su casa.

Samantha grabó el piloto de Lime Street en marzo de 1985. Era una telecomedia de investigadores en la que Smith interpretaba a la hija de Robert Wagner –el viudo de Natalie Wood y eterno sospechoso de su muerte cuando se ahogó en 1981– y viajaban por el mundo investigando misterios. El cuarto episodio se desarrollaba en Londres. EL 25 de agosto de 1985, cuando quedaban días para el estreno de la serie, Samantha y su padre cogieron un avión con otras seis personas del equipo en Londres para volver a Maine. Se estrelló muy cerca del aeropuerto al chocar contra unos árboles. Fallecieron todos los pasajeros. Samantha tenía trece años.

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Se podría decir que en la Unión Soviética lloraron más a Samantha que en su propio país de origen. Emitieron un sello con su rostro para celebrar su figura como embajadora de la paz. Nombraron a un diamante que se descubrió poco después de su fallecimiento con su nombre. Y en Siberia, una montaña se llama Samantha Smith. Los productores de Lime Street se volvieron locos pensando en cómo sortear la muerte de Samantha. Pero tuvieron suerte: pese al morbo que tenía ver a la joven fallecida, la serie se hundió en los índices de audiencia porque se emitía a la misma hora que una nueva telecomedia sobre cuatro señoras que comparten casa llamada Las chicas de oro. Se canceló tras emitir los cuatro episodios en los que aparecía Samantha.

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Precisamente los guionistas de Las chicas de oro quisieron rendir homenaje a Samantha y en su tercera temporada se emitió un magnífico episodio en el que Rose, preocupadísima por los efectos de una guerra nuclear, escribe una carta a Mijhail Gorvachov. Poco después unos emisarios rusos aparecen llaman a la puerta con un equipo de televisión para conocer a Rose, cuyo lenguaje y tono han interpretado como el de una valiente y vivaz niña de diez años. La carta de Rose decía así:

Querido señor Gorbachov,
mi nombre es Rose Nylund. Le escribo porque estoy muy preocupada por la guerra nuclear. He leído que existen suficientes bombas como para volar el mundo entero cien veces y me da miedo. También da miedo a las chicas de mi grupo de girl scouts. Hablan de lo que les gustaría ser si se hacen mayores, no cuando se hagan mayores. Por eso le pido, por favor, que desactive sus bombas. Apuesto mi último dolar, o en su caso su último rublo, que si usted llama al presidente Reagan él hará lo mismo. Simplemente, alguno tiene que ser el primero.
Gracias.
Su amiga Rose Nylund.
PD – No llame al presidente por la tarde, he oído que la dedica a echar la siesta.

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Hoy: Ed y Lorraine Warren

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Ed y Lorraine Warren son una de mis parejas favoritas. Se conocieron a los 16 años. Él se fue a luchar en la Segunda Guerra Mundial. Su barco se hundió. Volvió con un permiso. Le pidió matrimonio a ella. Tuvieron un bebé. Se compraron un coche. Y luego se pasaron la vida trabajando en lo mismo, en algo que les apasionaba y para lo que habían nacido los dos.

Cazar demonios.

Y no se andaban con zarandajas en lo que respecta a los asuntos de la oscuridad. En sus frecuentes apariciones en programas televisivos de iluminación ténue y fondos vaporosos o en tertulias de radio con música de violín y sintetizador no recurrían a términos tibios como “actividad paranormal”, no. Ellos usaban términos como “infestación diabólica” y “monstruosidades de la noche”.

En 1942, cuando Ed tenía 16 años, se buscó un trabajito de verano como acomodador en un cine de Connecticut. Tal vez allí se proyectaban películas de Bela Lugosi como El murciélago diabólico o El fantasma invisible, o al menos eso sería precioso para esta crónica. En realidad seguramente ponían coñazos de Gary Cooper tipo El orgullo de los yanquis. Da igual. Pronto se fijó en una muchachita que acudía como un clavo todos los miércoles con su madre. Era Lorraine. Tras muchas semanas acompañándola a su butaca con una linterna se atrevió a hablar con ella. Empezaron un bonito romance interrumpido cuando Ed, a los 17, se tuvo que ir a luchar a la Segunda Guerra Mundial.

Allí tuvo muchísima suerte: el barco en el que navegaba por el norte del Atlántico se hundió. Ed sobrevivió y al parecer, si sobrevivías a un naufragio durante la Segunda Guerra Mundial, te daban de premio 30 días libres para irte a casa. Ed volvió a Connecticut y tras ver la muerte muy de cerca y tragar muchísima agua salada decidió que quería estar siempre con Lorraine. Se casaron durante aquel receso.

Ed se fue de nuevo a la Guerra y volvió sano y salvo poco después. Hicieron el amor. Lorraine dio a luz a una hermosa muchachita llamada Judy. Ed decidió que quería ser artista. Le gustaba especialmente pintar casas. Casas encantadas.

–¿Pintar casas encantadas? –le espetó Lorraine.

Ed sabía que existían las casas encantadas por un motivo muy sencillo que había olvidado contar a Lorraine durante todas sus noches de verano tirados bajo la luna masticando hierba y contando estrellas: había crecido en una.

El señor Warren contó en varias entrevistas que a las dos o tres de la mañana, durante su infancia, cuando ya toda la familia dormía, las puertas de su armario se abrían y de él surgían luces flotantes con rostros que lo miraban. El más habitual era el de una anciana cabreada. Y la habitación se enfriaba, y oía susurros, y al minuto estaba durmiendo en la cama de sus padres, parapetado entre las sábanas.

Había crecido sin entender qué era aquello y creyó conveniente dedicar su vida adulta a encontrar una explicación.

Pero eso a Lorraine no la pilló por sorpresa. De hecho, es muy posible que mirase al pobre Ed de modo condescendiente mientras él le revelaba con aire grandilocuente que había visto fantasmas: resulta que Lorraine podía hablar con ellos. Era medium. Qué precioso tiene que ser encontrar una pareja con la que uno tiene tanto en común.

Los dos se morían de ganas de pasar el resto de sus vidas juntos e investigando casas encantadas. Aún así, a Lorraine le asaltaba la duda que nos asaltaría a cualquiera y se lo consultó a Ed.

–Por mucho que yo sienta que hay una presencia maligna en una casa, ¿cómo demonios nos van a dejar entrar?
–Tú déjame a mí.

Ed siguió pintando casas. Se sentaba frente a ellas y en su lienzo trazaba terroríficos monstruos y fantasmas que surgían de las puertas y ventanas. Después Lorraine se acercaba al dueño de la casa, que se estaba preguntando desde hacía horas qué hacían aquellos jovencitos lunáticos allí, y le ofrecía el cuadro.

–Mi marido ha pintado esto. ¡Mire lo que ha visto!
–AY, ¡DIOS MÍO!

Muchos dueños, horrorizados, dejaban que Lorraine y Ed entrasen en su casa. No les fue demasiado mal porque muy pronto, en 1952, formaron la New England Society for Psychic Research –que aún funciona, creo–. Era la primera asociación dedicada a investigar fantasmas y a buscar demonios, porque los Warren creían firmemente en los demonios (él, de hecho, aparecía en su carta de presentación como demonólogo).

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Todo les fue muy bien investigando unas vocecitas en el salón por aquí y a una niña muerta que buscaba la luz por allá. Hasta el 13 de noviembre de 1974. Ese día la madre de Ed Warren se murió. Llevaba 22 años sobrellevando un cáncer que se suponía terminal y tras cuyo diagnóstico le habían dado seis meses de vida, pero que (según Lorraine) soportó durante más de dos décadas gracias a los rezos de su hijo y su nuera.

Según Ed y Lorraine el certificado de defunción de la señora marcaba como hora de su muerte las tres y cuarto de la madrugada. Resulta que ese mismo día y a esa misma hora, en una casa de un condado de Nueva York, un chalado asesinó a los seis miembros de su familia con un rifle.

El chalado se llamaba Ronald DeFeo. Era este:

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Para apellidarse DeFeo no era tan, tan feo.

La casa donde ocurrió, situada en un bonito condado llamado Amityville, era esta:

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Pero todo esto no lo supieron Ed y Lorraine hasta que trece meses después los nuevos habitantes de la casa, la familia Lutz, recurrieron a ellos porque su hogar se había convertido en la casa del terror del parque de atracciones: voces, olores, portazos, sangre, apariciones, levitaciones, cambios de temperatura. Junto a sus crucifijos, cámaras de infrarrojos y toda la parafernalia que solemos utilizar para luchar con los demonios, los Warren se llevaron un complementito más: unos cámaras y reporteros de una tele de Nueva York llamada Channel 5.

George Lutz era el propietario de la casa y afirmaba haber vivido los pavorosos acontecimientos que ya conoce cualquiera que haya visto las diez películas que inspiraron aquellos hechos –y para quien no los conozca se los resumo: todos, allí ocurrieron todos los hechos terroríficos que aparecen en los libros–. El tal Lutz podía mentir o no mentir, pero de tonto no tenía un pelo y registró como marca el término The Amityville Horror™. Desde aquí estoy muy a favor, que conste. Si realmente vivió junto a su familia aquel infierno se merece todos los beneficios económicos posibles. Y si tuvo el talento de inventárselo todo, mucho más.

Pero me estoy desviando.

Resulta que gracias a los Warren y sus investigaciones –que dieron lugar, por ejemplo, a esta célebre fotografía del supuesto fantasma de un niño terrorífico y demoníaco– el caso de Amityville se hizo famoso en Estados Unidos y, tras unos cuantos libros y películas, se convirtió en la casa encantada más célebre del mundo. El ayuntamiento de Amityville, aún a día de hoy, se niega a hablar a la prensa de este asunto y ha cambiado la dirección del inmueble para espantar a los curiosos. Pero los Warren ya se habían convertido en miniestrellas mediáticas y continuaron investigando casos a lo grande, que casi siempre reunían las siguientes tres características:

1. Los aterrorizados propietarios de casas encantadas que los llamaban eran, como ellos, devotos católicos.
2. Los Warren narraban sus aventuras en programas televisivos y siempre acababan publicando algún libro relatando la terrorífica historia.
3. Los aterrorizados propietarios se llevaban un tercio de los beneficios editoriales.

Eso sí, los Warren no pedían dinero a nadie por limpiar su casa de demonios. Exigían lo justo para cubrir los costes de desplazamiento. Se hicieron ricos gracias a sus charlas en universidades, a sus libros y a los derechos por llevar a la pantalla al menos dos de sus casos investigados (aparte de Amityville). Llegaron a estar representados por William Morris, la agencia más importante de management de Hollywood y en cuyos pasillos se cruzaban con Whitney Houston, Clint Eastwood y John Travolta.

En 1981 un caso que investigaban se convirtió en el primero de la historia judicial en el que la defensa aduce que su cliente estaba poseído por un demonio. Ocurrió cuando un chiquito llamado Arne Cheyenne Johnson se cargó a su casero en una discusión (seguro que tenía toda la razón, poseído o no). Al pobre, lógicamente, le cayeron veinte años.

En los noventa –porque ellos, como Cher, Kylie o Elton John, gozaban de un número uno en cada década– se hicieron famosos al contar en un libro el caso de un hombre lobo al que exorcisaron. Repito: hicieron un exorcismo a un hombre lobo.

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Una noche de 2001 el pobre Ed, ya viejito, se levantó de madrugada para abrirle la puerta al gato. Se desmayó y entró en un coma de once semanas, tras el que se despertó sin habla. No volvió a pronunciar una palabra hasta que se murió en agosto de 2006.

Lorraine sigue viva, hasta el año pasado dando conferencias y visitando más casas encantadas. Tiene una hija, dos nietos y cuatro bisnietos. Algunos de ellos continúan con la tradición familiar. El Museo de lo Oculto que crearon sigue recibiendo cientos de visitas. Hay juguetes diabólicos, un órgano que se toca solo, espejos malditos y decenas de crucifijos. El objeto más famoso es Annabelle, una muñeca que según los visitantes te mira y asiente con la cabeza. La mayoría de los objetos, por orden de Lorraine Warren, no se pueden tocar, pues aún guardan muchísima energía negativa.

Los horarios y dirección del museo se pueden consultar en Facebook. Loraine no debe de andar muy católica estos días. El último mensaje en esta página dice así:

¿Cómo te sientes, Lorraine? Sé que hay muchos que rezamos para que te recuperes. Espero que todo esté bien. Dios te bendiga. 

Este es uno de sus últimos vídeos hablando de demonios y exorcismos, con su fiel peinado de bruja piruja y sus colgantes. Como todas las historias de miedo que merecen la pena, provoca ternura y horror a partes iguales.

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Hoy: uso y abuso de las páginas de Facebook

¿Qué acto hay todavía más vil, más inútil, más idiota que procrastinar en Facebook? Crear páginas para ayudar a que procrastinen otros. Es como no conformarse con tener una enfermedad y querer contagiarla. Para aquellos que acaban de ser liberados tras un secuestro que duró cinco años explicaré que las páginas de Facebook son la forma que hay actualmente de indicar que tienes apego a algo o a alguien sin tener que verbalizarlo. Haces clic en un botón que se llama ‘me gusta’ (formerly known as ‘hazte fan’) y ya está. Cuando tengas unas diez o quince, la gente podrá decir que te conoce perfectamente. Adiós, cuestionario Proust.

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Hacer páginas en pleno 2013 es una cosa un poco antigua, eso sí. Hace mucho que yo no creo una, pero mantengo varias de las que creé hace tiempo porque les he cogido cariño. Me han hecho vivir situaciones bonitas y también situaciones terribles. Voy a hablar de cinco.

1.

Contaré primero lo que sucedió con una llamada La gente que llora en las discotecas, que tiene 13.701 fans a día de hoy. La creé de forma inocente y sin pretensiones tras leer una frase de la cantante Robyn que debería ser bordada en petipuá y enmarcada en todas las casas. Decía algo así como “La música pop está hecha para todos aquellos que alguna vez lloraron mientras bailaban”. Todos hemos visto a alguien llorando en una discoteca como si el mundo se acabase, aún cuando la razón del llanto era probablemente que una amiga le había mirado mal. Siempre siente uno mucha ternura ante los borrachos que lloran. Además, la mayoría de las cosas que ocurren en las discotecas son dramáticas a incitan a llorar. Por cada primer beso que hay en una pista hay tres corazones que se están rompiendo.

Pues bien, hice yo esa paginita y empecé a actualizarla poniéndome en el lugar de una díscola muchacha que decide llorar siempre en las discotecas para conseguir lo que quiere. No tenía nada que ver con el espíritu original, pero me hacía gracia contar sus historietas. Nuestra protagonista empezaba contando cómo lloraba para conseguir una copa, cómo lloraba para saltarse la cola del baño y, al final, cómo lloraba para conseguir sexo.

Como soy bruto como un arado, lo hacía con un lenguaje muy poco fino. Es que a mí los tacos y las frases bastas son las cosas que más gracia me hacen de todo el mundo.

Un día, cuando trabajaba en la web de una empresa española llamada Telecinco, vinieron a vernos unos señores de Facebook España. Venían a contarnos cómo funcionaban los nuevos servicios, por aquel entonces recién implementados, que seguian el rastro del usuario de Facebook allá donde fuese y permitía que, sin desloguearse de Facebook, pudiese dar a “me gusta” en diferentes blogs y noticias de la web. Vamos, que más o menos llegaron y nos dijeron:

–Señores, señoras: ya dominamos el mundo.

Me sentaron con todos mis compañeros en una sala de reuniones. La señora de Facebook España empezó a hablarnos de las páginas de fans. “La suya tiene tantos fans y puede tener más”, explicó con una actitud muy stevejobsiana paseándose por delante de una enorme pantalla de inicio proyectada en la pared de la sala de reuniones. “Y también pueden ustedes hacer que la gente se haga fan en su propia web, sin tener que hacerlo en la propia web de Facebook. ¿Alguien aquí ha hecho alguna página de Facebook y sabe cómo funciona?”.

Ahí todo se torció.

Respondí con orgullo:

–¡Yo!
–¿Y cuál es? Me gustaría que trabajásemos con la página que has hecho tú para que veamos un ejemplo cercano.
–Ehhhm, pues déjame pensar, que tengo muchas… Ya sé: ‘La gente que llora en las discotecas’.
–¿La actualizas tú mismo?
–Así es.
–Muy bien, busquemos. A ver, la gente que lloooo… aquí está.

La página ‘La gente que llora en las discotecas’ apareció enorme ante todos mis compañeros, mi jefa incluida. Esto es lo que se leía en letras que medían aproximadamente treinta centímetros proyectadas en la pared:

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HOSTIA PUTA, pensé sin parpadear. Se formó un silencio sepulcral.

–Yo, esto…. –balbuceé–. Esta página es mía, pero el del estado NO soy yo. Es FICCIÓN. Cuenta la historia de una chica que llora para conseg
–VEAMOS OTRA PÁGINA –me interrumpió la señora de Facebook España–. Trabajemos con la mía, ‘Navegar por la red’.

Fue un día aciago. Porque además esa misma mañana, al levantarme, me había encontrado muerto flotando en la pecera a mi muy querido pez Paquito. Durante el resto del día deseé que mi destino hubiese sido ese mismo.

2.

Luego está la página de ¿Capasaaaao? El Capasaaaao es un momento cumbre de la televisión española que probablemente he soñado porque no conozco a nadie que lo haya visto, y eso que pertenece a una serie líder de audiencia. Era una frase que pronunciaba Lina Morgan en Compuesta y sin novio, que emitió Antena 3 en 1994.

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En aquella serie Lina Morgan interpretaba a Valentina, una señora de Benavente que está a punto de casarse con José Coronado (no miento). Pero éste se va de putas la noche anterior a la boda y la planta en el altar. Destrozada, Valentina abandona Benavente (porque ya saben lo que dicen, buena villa y mala gente) para irse a Madrid. Allí conoce a Cati. Cati estaba interpretada por Amparo Larrañaga y y era la némesis de Valentina: una mujer decidida, sexual, respondona. Vaya, una chica de Madrid. Cati consigue un trabajo a nuestra amiga Valentina e incluso le permite vivir con ella.

Pero resulta que Cati tiene un acosador. Desde el principio de la serie le deja mensajes amenazantes, tipo “¡¡¡te voy a matar, puta, y luego te voy a cocinar y comer y vomitar!!!”. Cati, que es una chica de Madrid, pasa completamente del tema, aunque a Valentina le asusta de verdad este loco. En uno de los episodios cercanos al final de la única temporada que se rodó, el acosador aparece y ataca a Cati. Y en el forcejeo ambos se caen por la ventana.

Entonces ocurre algo increíble, maravilloso, algo que no se le hubiera ocurrido ni a Lars Von Trier.

Segundos después de la tragedia, mientras aún suena el ruido de algunos cristales que caen a la calle, Lina Morgan mira a cámara, hace un mohín y, con los brazos en jarras y los ojos muy abiertos pregunta al espectador:

-¿Capasaaaaaaaaaaaaaaao?

A mis amigos les hacía mucha gracia esta historia, así que hice una página de fans de ¿Capasaaaao? Y me olvidé de ella.

Unos tres meses después la recordé y volví a ella para actualizarla con algún chiste privado entre los diez amigos que me constaba que se habían hecho fans. Pero resulta que ¿Capasaaaao? no tenía diez fans. Tenía 41.263.

Nunca entendí por qué, pero recordemos que vivimos en mundo en el que actualmente el asunto más importante a nivel mundial son las fotos de llamas con que dicen OLA K ASE.

El momento no está en Youtube, claro, y nadie parece haberlo visto. Reitero que puedo haberlo soñado.

3.

También hice otra página llamada desetiquetarse de las fotos donde uno sale horrible. Esta tiene actualmente 159.491 fans. Es mi récord. Alguna gente intentó comprármela. Por si queda alguien que aún no lo sabía, el motivo por el que páginas que un día nos encantaron empiezan a ofrecernos cenas 2×1 en el VIPS y muestras de gel en nuestros muros de inicio es porque han alcanzado tal número de fans que alguien con intenciones aviesas paga para hacerse con el control y bombardearnos con anuncios. Por esta me ofrecieron 50 míseros dólares americanos. Me lo estoy pensando, me podría pagar una cena.

4.

En 2009 o por ahí hice una llamada Yo también doy clase en el IED. Resulta que me encontré a una amiga por la calle y me dijo “vengo del IED, doy clases de historia de la joyería”. Era una época en la que más o menos (y sin desmerecer a esa gloriosa asignatura ni a la muchacha que la impartía, que es enormemente lista) todo el mundo daba clase en el Instituto Europeo di Design, ese sitio donde estudia el joven talento artístico español. Desde historia de la joyería hasta estilismo para suricatos, pasando por coloración y endulcoración de chuches. Al llegar a casa hice esa inocente página que ilustré con la foto de una muchedumbre. La puse en mi perfil, diciendo “mirad qué página tan graciosa he creado”. Algunos le dieron a ‘me gusta’ y ahí se quedó.

Es que a usted, lector, ¿esto le parece normal?

Es que a usted, lector, ¿esto le parece normal?

No sé por qué un tiempo después empecé a actualizarlo regularmente. Supongo que acababa 2009 y empezaba 2010 y en Madrid empezaron a surgir un montón de cosas como el Zombie, aquel documental de gente moderna que se llamó Castizo y muchos otros asuntos. Puse alguna gracieta al respecto para compartir con los pocos conocidos que se habían hecho fans de la página. Pero de repente alguien debió de comentarlo por ahí y precisamente la gente moderna que iba al Zombie o salía en Castizo se hizo fan –mostrando sentido del humor, todo sea dicho–. Y en algún formspring de por ahi, algún Facebook de por allá y algún programa de radio hacían conjeturas sobre la identidad de la personita que llevaba la página. “¿Pero quién hará ese grupo?”. “¡Es alguien desde dentro del IED, alguien que conoce a todo el mundo que describe!”, decían algunos convencidos. Pues yo solo había entrado una vez al IED y porque daban copas gratis, la verdad. Y no conocía a ninguna de las it girls, blogueros, flyeros y diseñadores gráficos que mencionaba más allá de sus estelares apariciones en los vídeos de 212 Carolina Herrera y videoartes semejantes. Así que si alguien se sintió ofendido recuerden que solo se reía uno de la imagen bobalicona que esas apariciones proyectaban. Seguro que bajo esa egolatría multiplataforma se esconden seres humanos bellísimos y parecidos al resto de nosotros, que sangran cuando se cortan, que pasan frío en la montaña y que alguna noche han llorado abrazados a su almohada.

Hace mucho que no actualizo la página porque últimamente no sé nada sobre la modernidad. Ahora se cuece todo en Instagram y Formspring y esas cosas no las miro ya. ¿Pero cuál fue el principal motivo por el que ya no se me ocurrían más chascarrillos?

Fue por aquel vídeo de Loewe.

El vídeo de Loewe ya no se prestaba a hacer ningún chiste más sobre la modernidad porque era el chiste definitivo. Era como parodiar a Leslie Nielsen. Era un bonito estado de ‘Yo también doy clase en el IED’ en movimiento y con colores chillones, o eso me pareció. Ante mi teclado, sin palabras, susurré:

–Jo.

Y decidí que ya no había que decir nada más al respecto.

Espero que si alguno de los afectados lee esto no me atice con una pata de jamón por la calle.

5.

La quinta es las caras que pone Carrie Bradshaw mientras piensa y teclea a la vez, pero eso ya mañana. Un personaje tan tóxico merece otra entrada.

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